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TitleWojtyla, Karol - Ejercicios Espirituales Para Jovenes
TagsJesus Christ (Title) Bible Gospels
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Karol Wojtyla

EJERCICIOS
ESPIRITUALES

PARA JÓVENES

BIBLIOTECA DE AUTORES CRISTIANOS

MADRID «MCMLXXXII

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El hombre interior, marcado por el pecado, es em-
pujado por la conciencia en dirección al bien, cosa
que no puede lograr ningún psicoanálisis.

La conciencia es energía, no sólo "ciencia", y, por
lo tanto, empuja al hombre al bien. Sería verdadera-
mente terrible para el hombre no hallar la senda que
le saque del mal y le lleve al bien.

Sin embargo, hemos de recordar que el mal perma-
nece en el hombre interior. Y por desgracia toma cuer-
po un concepto de la moralidad tan trivial que se des-
entiende del hombre interior.

Las grandes infracciones y delitos son perseguidos
con auxilio de los instrumentos penales, de las cárceles
y campos de concentración. Con ello se busca reprimir
los robos, los homicidios, la prostitución.

Todo ello, todo este angustioso y asfixiante concep-
to de la moralidad, es insuficiente; no es todavía mora-
lidad. La moralidad en su integridad está vinculada al
hombre interior, está vinculada a las fuerzas de la
conciencia.

La conciencia empuja al hombre hacia el bien, y el
hombre sería verdaderamente desgraciado, su situación
sería terrible —me atrevería a decir, infernal, y no reti-
ro la palabra—, si, a impulsos de la conciencia, no
lograra escapar del mal y encontrar el bien.

No hay otra moralidad capaz de satisfacer eficaz-
mente el ansia de bien sino la religiosa y, más estricta-
mente aún, la cristiana. Ignoro si habéis asistido a la
recitación o al canto de los salmos. Hay uno, segura-
mente el más conocido, que comienza con estas pala-
bras: "Miserere mei Deus" (salmo 51). No sé si cono-
céis el origen de este salmo vinculado a la persona del
rey David, cuyas circunstancias son descritas en el li-
bro segundo de Samuel (cap. 11).

Sucedió, pues, que el rey David, hombre profunda-
mente religioso, sucumbió a la pasión ante la mujer de
Urías, uno de sus oficiales, que en aquel momento se

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hallaba en el frente. La mujer, naturalmente, estaba
sola, y David, requerido por la pasión, le exigió que
cometiera con él adulterio. Y hasta tal punto le cegó
la pasión que ordenó la muerte de Urías, a fin de gozar
de mayor libertad en su adulterio.

Pero de repente algo cambió en este rey, por lo de-
más religioso, pero que había pecado tanto.

Fue entonces cuando surgió el salmo "Miserere".
Las frases que expresan mejor su contenido son:

"Tibi soli peccavi" (contra Ti solo he pecado), "et ma-
lum coram Te feci" (y ante tus ojos obré el mal).

Estas dos expresiones aclaran todo y nos muestran
hacia dónde empuja y dirige al hombre el proceso de
la conciencia.

Porque en David, de pronto, se despertó la concien-
cia y le empujó hacia Dios, ayudándole a volver a rela-
cionarse con El: yo-¡Tú! "Tibi soli...", contra Ti solo
he pecado.

Queridos amigos, no se trata de crueldades dictadas
por la conciencia, sino del instinto de conservación
vinculado a ella.

El hombre se libera del pecado, pero sólo saldrá de él
entrando en la relación Tú-yo-yo-Tú.

De otra manera no se sale del mal.
David comprendió la monstruosidad de su acción en

uno y otro aspecto: adulterio y homicidio. Los fantas-
mas de ambos seguramente le aniquilaban interior-
mente, haciéndole exclamar: "Malum feci coram Te".
"Coram Te"...

Queridos amigos, si este hombre hubiera permaneci-
do en su mal, solo con su pecado, este mal le habría
destruido.

Pero cuando reconoció haber hecho el mal ante
Dios, y que ese mal, en cierto modo, le acusaba desde
su conciencia de Dios, esta toma de conciencia le hizo
avergonzarse y le humilló, pero elevándole y ayudán-
dole al mismo tiempo.

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Esta es la meta fundamental hacia la que la concien-
cia nos empuja a cada uno de nosotros.

Comprendemos cuan gran tesoro es la religión
cuando nos encontramos delante de Dios para estable-
cer esta relación: yo-Tú, y decir, como David: "Contra
Ti solo", porque nadie más me ayudará, nadie me li-
brará del mal sino Tú.

Todo esto es maravilloso. Esta es la grandeza de la
religión, ésta es la grandeza de la fe, tantas veces des-
preciada y minimizada.

Algo parecido a lo que le ocurrió a David puede su-
ceder en la vida interior de cada hombre: "Contra Ti
solo he pecado". Es fácil destruir y dar de lado al hom-
bre, pero no es lícito empobrecerlo.

Sobre el trasfondo del "Miserere" comprendemos
claramente que la esencia del sacramento de la peni-
tencia es, y debe ser, la contrición.

Contrición no es sinónimo de temor, sino algo más
profundo y más amplio. No se trata solamente de te-
mer a un Dios amenazador.

Más aún, la situación se haría peligrosa sin este
Dios. Sí, la situación del hombre caído en el pecado
resultaría peligrosa sin Dios. Como dije antes, cada
uno de nosotros puede rechazar a Dios, hallándose al
mismo tiempo lejos de El.

Rechazando a Dios, se hace rechazar por El. Esto es
el infierno.

Es difícil imaginárselo, pero la situación del hombre
caído en pecado, que permanece sin Dios, nos da una
buena idea de ello. ¡Vo tiene a nadie a quien decirle:
"He pecado contra Ti". No tiene ese único y gran
"Tú" que puede ayudarle en ese momento.

Con el pecado, mis queridos amigos, hay que adop-
tar la actitud del niño. Solamente el padre está en dis-
posición de ayudarle. Lo mismo que en nuestro orden
humano de cosas, en nuestras relaciones humanas,

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sólo el Padre puede ayudar. Y en estas circunsi;m< i >..
el arrepentimiento no es tan difícil.

No es difícil.
¡Cuántas veces en la vida has comprobado que sólo

tu padre o tu madre pueden ayudarte!
Pero si por este camino no despunta el arrepenti-

miento, hay otro punto de apoyo: Cristo. Cristo que
sufre.

Asombra ver hasta qué punto Dios es capaz de espe-
rar al hombre. Espera cerrada y expresada en El, en el
Cristo de la pasión.

Si otros sentimientos no despiertan tu espíritu, que
al menos lo haga la compasión.

No insistiremos en los padecimientos de los campos
de concentración o de las cárceles, mayores o menores
que los de Cristo atado a la columna de la flagelación
o en la cima del Calvario.

Insistiremos en que, cada vez que nos acercamos al
Cristo flagelado o al Cristo del Calvario, tenemos una
oportunidad real de que algo cambie o se transforme
en nosotros.

Cristo "en su integridad" ha sido puesto para nues-
tra conversión.

Para convertir y lograr del hombre el sentimiento
del niño que dice: "¡Padre, perdón!", "Padre, ¡ayú-
dame!"

Este es Cristo.
Si tenemos dificultades para la contrición, oigamos

lo que dice el corazón. Probemos a recorrer lentamen-
te el Vía Crucis, una estación tras otra, de modo perso-
nal. No hace falta hacerlo devocionario en mano, pues
éste o no nos dice demasiado o, a lo sumo, describe lo
que representa cada estación. En cambio, cada uno,
personalmente, puede acercarse allí donde El cae bajo
la Cruz, donde es despojado de sus vestiduras, donde le
clavan en la Cruz, donde entra en agonía. Hay que
acercarse; acercarse, detenerse y ver.

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Estos son los tres momentos sobre los que quería
llamar la atención al término de nuestras meditacio-
nes, justamente en el contexto de la Eucaristía de hoy
y de la gran fiesta de la Anunciación, de la fiesta del
misterio de la Encarnación en su primer instante.

San Pablo formuló la admirable analogía del miste-
rio de la Encarnación del cuerpo de Cristo llamando a
la Iglesia "Cuerpo de Cristo". Nosotros decimos con
frecuencia Cuerpo místico; podríamos decir, en cierto
sentido, Cuerpo social.

El Concilio ha expresado la realidad de la Iglesia
sobre todo con la idea de Pueblo de Dios. Y si exami-
namos esta idea y esta realidad a fondo, en sus raíces,
hallamos la gran analogía paulina del Cuerpo de Cris-
to. Porque cuanto hacemos, todas nuestras diversas vo-
caciones, toda nuestra vida, son existencias cristianas
que han comenzado en el sacramento del bautismo,
toman forma en el de la confirmación y se revigorizan
sin cesar en el de la penitencia, constituyendo —todas
estas existencias nuestras y vocaciones cristianas— de
un modo orgánico el único Cuerpo: analogía del
Cuerpo de Cristo.

Podemos volver a cuanto hemos dicho al principio:
cómo fue concebido el Hijo de Dios en el seno de la
Virgen María y cómo, durante aquellos dichosos meses
de la maternidad, su cuerpo se formaba en aquel seno.
Esta es la imagen de partida.

Ahora hay que hacer que se parezcan a esa imagen
todos cuantos participan de Cristo a través del bautis-
mo y los demás sacramentos, sobre todo la Eucaristía.

De igual manera se nos forma, se nos une, se nos
integra en el Cuerpo de Cristo, en su Cuerpo místico.

De él es momento central la Eucaristía. Ella expresa
del modo más perfecto y realiza plenamente el inter-
cambio entre lo divino y lo humano. En ella y me-
diante ella, nosotros, los hombres, entramos de lleno

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en el Cuerpo místico de Cristo y encendemos su
vitalidad.

Es hermoso que precisamente en el día de la Anun-
ciación finalicemos nuestros ejercicios espirituales con
la Eucaristía. Porque en la Eucaristía hay ese algo pro-
fundamente interior de que hablamos ayer. Allí encon-
tramos también la segunda dimensión, la del Pueblo
de Dios, la del Cuerpo místico de Cristo, la de todos
nosotros unidos en él por medio del único Maestro,
del único Cabeza.

Esto fue puesto de manifiesto por el mismo Cristo
durante la última Cena, cuando dijo a sus discípulos
—a sus discípulos y a nosotros—: "Permaneced en mí
y yo en vosotros... porque sin mí nada podéis hacer"
(Jn 15,4-5).

He aquí una invitación a la comunión; no sólo a la
ocasional, sino a la frecuente, a la comunión orgánica,
a la comunión que edifica incesantemente el Cuerpo
de Cristo. Con el cuerpo —sub specie— de Cristo se
edifica el Cuerpo —místico— de Cristo.

Podemos y debemos pensar, con gratitud inmensa,
en aquel instante primero del cuerpo de Cristo en la
tierra, en aquel instante de la Encarnación, cuando
"El Verbo se hizo carne" (Jn 1,14). Podemos y debe-
mos pensar en aquel instante con inmensa gratitud a
María. La Iglesia la honra —y esto es sobre todo deuda
de gratitud— por haber dicho Ella: "Hágase en mí se-
gún tu palabra" (Le 1,38).

En la Eucaristía hay también un momento de ma-
ternidad.

La Madre nutre.
El Cristo que nació de la Virgen, el Cristo Hijo de

Dios que tuvo Madre, se entrega por ese momento de
maternidad. También en la Eucaristía la Madre nutre.

Y la Iglesia, que ve en María su modelo; la Iglesia,
que con toda humildad se llama Madre, siente de la

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forma más grande su maternidad cuando puede ali-
mentarnos. Alimentarnos a todos nosotros.

Todos nosotros estamos alimentados con este Pan y
esta Sangre. Todos estamos formados y constituidos
espiritualmente por la Eucaristía. La Iglesia, cuando
recibimos a Nuestro Señor en el Santísimo Sacramen-
to, se siente Madre como nunca. Y entonces dirige su
mirada llena de gratitud a aquella Madre que dio car-
ne y sangre al Hijo de Dios.

A vosotros, queridos amigos que me escucháis, debo
daros las gracias por estos seis días de presencia en la
unión comunitaria, de recogimiento, de oración y tra-
bajo interior común para prepararnos de la mejor ma-
nera a la celebración anual de la Pascua, a la celebra-
ción del misterio pascual, que debe posteriormente
estimularnos a la fe, estimularnos esa vida que precisa-
mente parte de ella, que debe guiarnos a la victoria
que da la fe, según las palabras de San Juan: "Esta es
nuestra victoria, que ha vencido al mundo: nuestra fe"
(1 Jn 5,4).

Que todos participemos de esta victoria.
Amén.

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ACABÓSE DE IMPRIMIR ESTE VOLUMEN DE
"EJERCICIOS ESPIRITUALES PARA JÓVENES".

DE LA BIBLIOTECA DE AUTORES CRIS-
TIANOS. EL DÍA 14 DE SEPTIEMBRE

DE 1982. FESTIVIDAD DE LA EXAL-
TACIÓN DE LA SANIA CRUZ.

EN LOS TALLERES DE IM-
PRENTA FARESO. S. A.

FASf.O TO- LA DI-
R E C C I Ó N , 5.

M A D R I D

LAUS DEO VIRG1 ÑIQUE MATRI

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