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TitleVidas Paralelas VI. Alejandro - Cesar, Pompeyo, Agesilao (Biblioteca Clásica Gredos) - Plutarco
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ALEJANDRO - CÉSAR
INTRODUCCIÓN
	I. Alejandro.
	II. César
AGESILAO - POMPEYO
INTRODUCCIÓN
	I. Agesilao
	II. Pompeyo
	III. Comparación de Agesilao-Pompeyo
SERTORIO - ÉUMENES
INTRODUCCIÓN
	I. Sertorio
	II. Éumenes
	III. Comparación de Sertorio-Éumenes
ÍNDICE GENERAL
                        
Document Text Contents
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estrictamente justo era un simple pretexto. A este respecto se menciona una carta que
escribió al cario Hidrieo, donde decía lo siguiente: «Si Nicias no es culpable, déjalo ir;
pero si lo es, déjalo ir por mí; en cualquier caso, déjalo ir». Así actuaba en la [6] mayoría
de los casos Agesilao para ayudar a sus amigos; aunque a veces aprovechaba las
circunstancias para su propio provecho, como demostró una vez que se produjo una
retirada tumultuosa en la que abandonó a un joven enfermo al que amaba. Entre
súplicas, este lo llamaba cuando se marchaba; [7] Agesilao se dio la vuelta y le dijo que
era difícil tener piedad y al mismo tiempo ser prudente. Así cuenta esta anécdota el
filósofo Jerónimo50.

[14] La expedición se acercaba ya a su segundo año, y la fama de Agesilao se había
difundido notablemente por Persia, donde gozaba de una extraordinaria consideración
gracias a su prudencia, [2] sencillez y moderación51. Durante sus viajes acampaba por
propia iniciativa en los santuarios más sagrados, haciendo a los dioses espectadores y
testigos de esas acciones nuestras que pocas personas tienen permitido ver52. Entre
tantos miles de soldados no hubiera sido fácil ver un lecho más modesto [3] que el de
Agesilao. Ante el calor y el frío, parecía que sólo él tenía una naturaleza adecuada para
soportar las estaciones [4] dispuestas por la divinidad. Pero para los griegos que
habitaban en Asia el espectáculo más agradable era ver cómo los gobernadores y los
generales que antes eran violentos e insoportables y que se perdían por la riqueza y el
lujo, temían y servían a un hombre que iba y venía con un simple manto, y cómo ante
una concisa y lacónica palabra suya se contenían y cambiaban de conducta, hasta el
punto de que a muchos les venía al pensamiento el verso de Timoteo: «Ares es un tirano;
pero Grecia no teme al oro»53.

[15] Como Asia se había sublevado y se habían producido defecciones en
numerosos puntos, Agesilao puso en orden las ciudades de la zona y, después de restituir
la legalidad a los estados sin provocar muertes ni destierro de personas, decidió marchar
hacia delante, llevar la guerra lejos del mar griego y obligar al Rey a combatir por su
persona y por el bienestar de Ecbatana y Susa54; para ello, en primer lugar había que
sacarlo de su inactividad con el fin de que no pudiera arbitrar, sentado en su trono, las
guerras entre los griegos ni corromper a los gobernantes del pueblo. En este momento se
presenta ante él [2] el espartiata Epicídidas anunciándole que en Grecia ha estallado una
gran guerra contra Esparta y que los éforos lo llaman y le ordenan que acuda en ayuda
de la patria55.

«¡Griegos, inventores de males bárbaros!»56. En efecto, [3] ¿qué nombre podría
recibir aquel ánimo de discordia, la coalición y la asociación de unos griegos contra otros?
Fueron ellos quienes acabaron con el ascenso de su fortuna y volvieron contra sí mismos
las armas dirigidas contra los bárbaros y la guerra que ya habían alejado de Grecia. En lo
que a mí [4] respecta, no estoy de acuerdo con el corintio Demarato cuando dice que los
griegos que no pudieron ver a Alejandro sentado en el trono de Darío, se vieron privados
de un gran placer57; al contrario, pienso que ellos llorarían con razón si pensasen que
quienes habían dejado este éxito en manos de Alejandro y de Macedonia fueron aquellos

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que entonces acabaron con los ejércitos griegos en Leuctra, en Coronea, en Corinto y en
Arcadia58. Agesilao, sin embargo, no hizo nada mejor ni más [5] grande que aquella
retirada, ni jamás existió otro ejemplo más [6] hermoso de obediencia y de respeto a las
leyes59. Pues Aníbal, que ya se encontraba en situación adversa y a punto de ser
expulsado de Italia, muy a duras penas obedeció a los que le reclamaban para llevar la
guerra en su patria60; Alejandro, por su parte, habló en tono de burla cuando se enteró de
la guerra de Antípatro contra Agis, diciendo: «Parece, señores, que mientras nosotros
derrotábamos aquí a Darío, allí, en Arcadia, se ha producido una guerra de ratones»61.
Así, es justo considerar dichosa a Esparta por el respeto que Agesilao mostró hacia [7]
ella y por su cumplimiento de las leyes. En cuanto recibió la escítala62, abandonó la
situación favorable y la extraordinaria fuerza de que disponía, renunció a las grandes
esperanzas que le inducían a seguir adelante, e inmediatamente se embarcó, «con su
empresa inacabada»63, dejando con mucho pesar por su parte a los aliados, y sobre todo
refutando el argumento de Erasístrato, el hijo de Féace, que decía que los lacedemonios
[8] son mejores en público y los atenienses en privado. Pues si él se mostró
extraordinario como rey y como general, se reveló como un hombre todavía mejor y más
amable en las relaciones privadas que mantenía con sus amigos y familiares. Como la
moneda persa tenía como marca un arquero, Agesilao, tras levantar el campamento, dijo
que el rey lo había expulsado de Persia con treinta mil arqueros, pues este fue el número
de monedas que habían sido llevadas a Atenas y a Tebas y que se habían distribuido
entre los jefes políticos con el fin de arrastrar a los pueblos a la guerra contra los
espartanos.

Cuando hubo cruzado el Helesponto, atravesó Tracia, sin [16] pedir permiso a
ninguno de los pueblos bárbaros, y enviando mensajeros a cada uno de ellos se
informaba de si pasaría el país como amigo o como enemigo. Todos los demás lo [2]
recibieron amistosamente y le escoltaron, cada uno según sus fuerzas; pero los llamados
tralos, a quienes Jerjes, según se dice, también había dado regalos, le pidieron a Agesilao
como pago por el paso cien talentos de plata y otras tantas mujeres64. Él les respondió
diciéndoles en tono de burla: «¿Por qué, entonces, [3] no habéis venido enseguida a
cogerlos?»; prosiguió su camino y, al encontrárselos dispuestos en orden de batalla, los
puso en fuga y mató a muchos. Hizo formular esta misma [4] pregunta al rey de los
macedonios, que contestó que iba a deliberar. «Pues bien —dijo Agesilao— que delibere;
nosotros sigamos ahora mismo nuestro camino». El rey, sorprendido y atemorizado por
su atrevimiento, ordenó que pasara en calidad de amigo. Como los tesalios eran aliados
de los enemigos, [5] devastó su país65. No obstante, envió hacia Larisa a Jenocles y a
Escites en son de amistad; pero ambos fueron apresados y encarcelados66. Los demás
consejeros, indignados, pensaron que era preciso que Agesilao acampase delante de
Larisa y la sitiase; pero él declaró que ni siquiera la toma de Tesalia entera podría
compensarle por la muerte de uno de esos dos hombres, y mediante la firma de un
tratado hizo que se los devolvieran. Y tal vez no deba sorprendernos esta actitud en [6]

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ÍNDICE GENERAL

ALEJANDRO - CÉSAR

INTRODUCCIÓN
I. Alejandro
II. César

AGESILAO - POMPEYO

INTRODUCCIÓN
I. Agesilao
II. Pompeyo
III. Comparación de Agesilao-Pompeyo

SERTORIO - ÉUMENES

INTRODUCCIÓN
I. Sertorio
II. Éumenes
III. Comparación de Sertorio-Éumenes

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