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TitleThomas Cahill - Navegando por el mar de vino. Por qué los griegos son importantes
TagsHomer Paris (Mythology) Achilles Agamemnon Troy
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Table of Contents
                            Contraportada
Solapa 1
Solapa 2
Índice
Dedicatoria
Los goznes de la historia
Nota del traductor
Introducción 
La manera como llegaron
I. El guerrero Cómo combatir
II. El vagabundo Cómo sentir
III. El poeta Cómo celebrar
III. El poeta Cómo celebrar  
IV. El político y el dramaturgo Cómo gobernar
V. El filósofo Cómo pensar
VI. El artista Cómo ver
VII. La manera como partieron El greco-romano conoce al judeo-cristiano
Notas y fuentes
	Introducción
	I. El guerrero
	II. El vagabundo
	III. El poeta
	IV. El político y el dramaturgo
	V. El filósofo
	VI. El artista
	VIL La manera como partieron
Cronología
Agradecimientos
Ilustraciones
Créditos editoriales
                        
Document Text Contents
Page 1

Navegando
por el mar de vino

Por qué los griegos son importantes

Thomas Cahill

Page 2

Los griegos inventaron todo, desde los
principios de la guerra occidental hasta el
misticismo, desde la lógica hasta el arte de
gobernar. Muchos de sus logros, en especial
en arte y filosofía, siguen siendo hoy
enormemente celebrados. Sin embargo,
otras importantes innovaciones han sido
poco conocidas o poco apreciadas hasta
ahora.

En Navegando por el mar de vino, Thomas Cahill
analiza el legado de los antiguos griegos. El autor
explora el mundo griego desde las migraciones
de las tribus indoeuropeas hasta la formación de
las ciudades-estado, haciendo un profundo
recorrido por su literatura, poesía, filosofía, arte y
arquitectura. Así muestra que la sociedad griega
es una de las más importantes influencias del
mundo occidental: por una parte, los judíos nos
dieron nuestro sistema de valores; por otra, los
griegos nos proporcionaron las herramientas
intelectuales por medio de las cuales resolvemos
nuestros problemas de filosofía, matemáticas,
medicina, física y otras eiencias. Pero Cahill no se
limita a lo más conocido. También analiza
aspectos negativos como las consecuencias de
la exclusión de la mujer de la esfera política y el
militarismo que caracterizó al pueblo griego y que
es, tal vez, la influencia griega más nefasta en
nuestros días.

Traducción de Julio Paredes

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mar en las montañas y de fósiles de peces en las can­
teras de Siracusa convencieron a Jenófanes de que la
tierra estuvo alguna vez cubierta de agua y que volve­
ría a estarlo, pues, como pensaban los griegos, la reali­
dad era una especie de inmensa rueda y todas las cosas
retornaban. Lo que ha sido será de nuevo.

Un grupo de filósofos del siglo v, encabezados por
Empédocles de Acragas en Sicilia, volvió a la búsque­
da de la sustancia eterna y propuso que existían efec­
tivamente cuatro elementos básicos de los que estaban
compuestas todas las cosas, en proporciones diferen­
tes. Los elementos eran tierra, aire, fuego y agua; un sis­
tema de categorías sobre el que la ciencia, la medicina,
y la psicología seguirían sustentándose hasta comienzos
de la era moderna. Anaxágoras de Clazomene, otro filó­
sofo jonio, pulió la solución de Empédocles y propuso
que todas las cosas estaban compuestas de distintos
tipos de «semillas», y que los seres que nosotros perci­
bíamos como diferentes los unos de los otros eran sim­
plemente clases particulares de compuestos, todos ela­
borados en proporciones diferentes de estas mismas
semillas. «Todo hace parte de todo», proclamaría Ana­
xágoras. Para poder explicar cómo esta mezcla de se­
millas, aparentemente aleatoria, se repartió en el estruc­
turado universo que contemplamos, argumentó que
debía existir un nous (una mente), un fundamento lo
suficientemente poderoso como para dirigir y ordenar
esos patrones. Pero, al contrario de Jenófanes, Anaxá­
goras no se preocuparía por personalizar el nous o lla­
marlo Dios. Al igual que Jenófanes, Anaxágoras era un
minucioso observador de los fenómenos naturales —en
su caso, de las estrellas y los planetas— y pudo darse
cuenta de que los cuerpos celestes rotaban y que la
luna recibía su luz del sol, brindándole un fundamento
poderoso para una teoría de los eclipses que debilita­

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ba una de las premisas del politeísmo, bajo la que todo
planeta, estrella y satélite era considerado la manifesta­
ción de un dios particular.

Su discípulo Demócrito, otro filósofo longevo, re­
tomó la idea de las semillas cósmicas y la llevó mucho
más lejos. Lo que existe en el centro del universo es en
efecto una unidad y es inalterable: a-tom a (que no se
pueden cortar), partículas indivisibles demasiado pe­
queñas para poderlas ver. Estos «átomos», diferenciados
unos de los otros sólo en forma y tamaño, se combinan
en conjuntos y densidades diferentes para formar la va­
riedad de los componentes que existen en el universo,
y que nosotros erróneamente percibimos como seres
diferentes. Nuestro mundo o kosmos, según su especu­
lación, no es único sino uno entre muchos; todos estos
mundos se originaron por accidente y se transformaron
por necesidad. No necesitamos proponer la existencia
de los dioses para explicar el mecanismo del mundo.
Incluso la conciencia humana, pensaba Demócrito, es
un proceso totalmente físico, tan perecedero como el
cuerpo. Instó a que los hombres debían tender hacia la
felicidad y escribió un tratado sobre el tema, Perl euthy­
mies (Sobre la felicidad). La felicidad se consigue evi­
tando la violencia y los trastornos de todo tipo y con la
comprensión de que la vida no está plagada de miste­
rios impenetrables, sino simplemente de átomos. Sería
recordado como «el filósofo sonriente».

Estos filósofos presocráticos ya esbozaban, genera­
ciones antes del gran florecimiento de la filosofía ate­
niense bajo la figura de Sócrates y su alumno Platón, el
repertorio del que se alimentaría posteriormente toda la
filosofía griega. Se construyó sobre tres premisas: los
fenómenos que experimentamos de manera inmediata
no poseen ninguna importancia definitiva; debe existir
una realidad primordial, eterna y (a excepción de He-

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