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1. El Padre

La Trinidad cristiana es uno por amor en tres realidades personales.
La revelación nos dice que el Padre es amor que se da en la creación y en
la encarnación del Hijo; el Hijo es amor que cumple la voluntad del Padre
y se hace hombre por amor a los hombres; el Espíritu Santo es amor que
procede del Padre y del Hijo, y se manifiesta en la encarnación del Hijo y
en la santificación de su Cuerpo místico. La revelación presenta a Dios
como amor.

También el amor se manifiesta en el hombre desde el momento de
nacer hasta el de morir. Amor es lo más divino y lo más humano. Gracias
al amor el hombre puede acercarse a Dios, asomarse a su misterio de luz
que deslumbra, de verdad, vida, justicia, amor y paz, que nos desborda y
nos ata a la esperanza de lo que algún día llegaremos a ser.

El Padre es principio de todo. Juan no se detiene en la exposición
académica del misterio divino, sino en el amor de las tres personas entre sí
y en la comunicación de ese amor a los hombres: «Amar a uno es darle se-
ñorío sobre sí mismo; es captivarse, y encarcelarse y pasar en señorío de
él. Pues ¿quién no alabará a aquel eterno Padre principio no sólo de los
ángeles y hombres, mas de todo lo criado y aun de las dos personas, Hijo y
Espíritu Santo, del cual, como dice S. Pablo, toma nombre toda paternidad
en el cielo y en la tierra? Un Padre del cual el Hijo y el Espíritu Santo
reciben todo lo que tienen, y él de ninguno lo recibe, de sí mismo tiene lo
que tiene y es lo que es...».

«Pues poniendo de una parte esta suma Majestad e infinita alteza
encumbrada sobre nosotros con distancia infinita, y de otra parte nuestra
bajeza..., ¿quién osará esperar, ni aun pensar que dos tan distantes
extremos se pudieran juntar en uno? ¿Quién de los hombres volará tan alto
que alcance esta presa..., y le hiera su corazón con saeta de amor y lo haga
abajar a tratar leyes de igualdad de amor con criaturas tan desiguales a
El?... ¿Cuándo podrán juntarse en uno estos extremos? Y si se juntan...,
¿cómo puede ser que cosa tan pobre como es el hombre, sea tesoro de cosa
tan rica como es Dios?... Alabada sea la bondad divina que a tanto llega,
que nos da el bien que no merecemos, y exceden sus dádivas a lo que
pedimos..., deseamos y aun a lo que entendemos»83.

Según uno de los textos más bellos de Avila, Dios ama al hombre
como padre, madre y esposo: «Mucho aman los padres a los hijos; pero

83 Sermón 34, 1.34-95, O.C. (BAC, vol. 103), p.490-491.
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amor, y si amor, es amor infinito y bondad infinita; y de tal amor y bondad
no hay que maravillar que haga tales excesos de amor, que turben a los que
no le conocen. Y aunque muchos lo conozcan por fe, mas la experiencia
particular del amoroso, y más que amoroso, trato de Dios con quien El
quiere, si no se tiene, no se podrá bien entender el punto donde llega esta
comunicación. Y así, he visto a muchos escandalizados de oír las hazañas
del amor de Dios con sus criaturas; y como ellos están de aquello muy
lejos, no piensan hacer Dios con otros lo que con ellos no hace. Y siendo
razón que por ser la obra de amor, y amor que pone en admiración, se
tomase por señal que es de Dios, pues es maravilloso en sus obras, y muy
más en las de su misericordia, de allí mesmo sacan ocasión de descreer, de
donde la habían de sacar de creer, concurriendo las otras circunstancias
que den testimonio de ser cosa buena.

Paréceme, según del libro consta, que vuestra merced ha resistido a
estas cosas, y aún más de lo justo. Paréceme que le han aprovechado a su
ánima; especialmente le han hecho más conocer su miseria propia y faltas
y enmendarse de ellas. Han durado mucho, y siempre con provecho
espiritual. Incítanle a amor de Dios, y a propio desprecio, y a hacer
penitencia. No veo por qué condenarlas. Inclíname más a tenerlas por
buenas con condición que siempre haya cautela de no fiarse del todo,
especialmente si es cosa no acostumbrada, o dice que haga alguna cosa
particular y no muy llana: en todos estos casos y semejables se debe sus-
pender el crédito y pedir luego consejo.

Item, se advierta que, aunque estas cosas sean de Dios, se mezclan
otras del enemigo, y por eso siempre ha de haber recelo. Item, ya que se
sepa que son de Dios, no debe el hombre parar mucho en ellas, pues no
consiste la santidad sino en amor humilde de Dios y del prójimo, y estas
otras cosas se deben temer, aunque buenas, y pasar su estudio a la
humildad, virtudes y amor del Señor. También conviene no adorar visión
de éstas sino a Jesucristo en el cielo o en el Sacramento; y si es cosa de
santos, alzar el corazón al santo del cielo y no a lo que se me representa en
la imaginación: baste que me sirva aquello de imagen para llevarme a lo
representado por ella.

También digo que las cosas de este libro acaecen aún en nuestros
tiempos a otras personas, y con mucha certidumbre que son de Dios, cuya
mano no es abreviada para hacer ahora lo que en tiempos pasados y en
vasos flacos, para que El sea más glorificado.

Vuestra merced siga su camino, mas siempre con recelo de los
ladrones y preguntando por el camino derecho; y dé gracias a nuestro

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