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¿Qué se siente ser un murciélago?


Thomas Ángel


Ensayos sobre la vida humana, Editorial Fondo de Cultura Económica,
México, 2000, pp. 274- 296.




La conciencia es lo que hace que el problema mente-cuerpo realmente inextricable.
Quizá por ello las discusiones actuales acerca del problema le prestan poca atención o la
entienden de manera claramente equivocada. La reciente ola de euforia reduccionista ha
producido varios análisis de los fenómenos y conceptos mentales destinados a explicar
la posibilidad de alguna variante de materialismo, de identificación psicológica o de
reducción.1 Pero los problemas que se abordan son los comunes a este y otros tipos de
reducción, y se desatiende lo que vuelve único al problema mente-cuerpo y lo hace
diferente del problema agua-H2O, el problema máquina de Turing-máquina IBM, el
problema rayo-descarga de electricidad, el problema genes-ADN o el problema roble-
hidrocarburos.
Cada reduccionista necesita su analogía favorita que desprende de la ciencia moderna.
Es sumamente improbable que alguno de estos ejemplos inconexos de reducciópn
exitosa arroje luz sobre la relación de la mente con el cerebro. Pero los filósofos
comparten la generalizada debilidad humana por las explicaciones para lo que es
incomprensible, formuladas en términos adecuados para lo que es conocido y bien
comprendido, aunque resulte algo totalmente distinto. Esto ha llevado a que se acepten
explicaciones no factibles de la actividad mental, en gran medida porque permitirían
tipos de reducción conocidos. Trataré de explicar por qué los ejemplos comunes no nos
ayudan a comprender la relación entre mente y cuerpo; por qué, de hecho no tenemos
actualmente una concepción de lo que sería una explicación de la naturaleza física de un
fenómeno mental. Sin la conciencia, el problema mente-cuerpo sería mucho menos
interesante y, con ella, parece no tener solución. Comprendemos de manera muy pobre
el rasgo más importante y característico de los fenómenos mentales conscientes. La
mayoría de las teorías reduccionistas ni siquiera intentan explicarla, y con un examen
cuidadoso se puede mostrar que ningún concepto de reducción disponible hoy día puede
aplicarse a esa característica. Quizá se pueda concebir una forma teórica nueva para ese
fin; pero si acaso existe tal solución, se encuentra en un futuro intelectual distante.
La experiencia consciente es un fenómeno generalizado. Se encuentra en muchos
niveles de la vida animal, aunque no podamos estar seguros de su presencia en los


1 Algunos ejemplos son: J. J. C. Smart, Philosophy and Scientific Realism, Routledge & Kegan Paul,
Londres, 1963; David K. Lewis, “An Argument for the Identitu Theory”, Journal of Philosophy, LXIII,
1966 reimpreso con una addenda en David M. Rosenthal, Materialism and the Mind-Body Problem,
Prentice-Hall, Englewood Cliffs, N. J., 1971; Hilary Putnam, “Psychological Predicates”, en W. H.
Capitan y D. D. Merrill, Art, Mind and Religion, University of Pittsburgh, Pittsburgh, 1967, reimpreso en
Rosenthal con el título “The Nature of Mental States”; D. M. Armstrong, A Materialist Theory of the
Mind, Routledge & Kegan Paul, Londres, 1968; D. C. Denett, Content and Conciousness, Routledge &
Kegan Paul, Londres, 1969. He formulado dudas respecto a este tipo de posiciones anteriormente en
“Armstrong on the Mind”, Philosophical Review, LXXIX, 1970, pp. 394-403; “Brain Bisection and the
Unity of Conciousness”, Synthese, 22, 1971, y una reseña de Dennett, Journal of Philosophy, LXIX,
1972. Véanse además Saul Kripke, “Naming and Necessity”, en D. Davidson y G. Harman, Semantics of
Natural Language, Reidel, Dordrecht, 1972, especialmente las pp. 334-342, y M. T. Thornton, “Ostensive
Terms and Materialism”, The Monist, LVI, 1972.

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