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hay de más profundo en la persona, su vocación eterna, con los bienes ligados a

esta vocación, está por encima de esta obra común y la finaliza.

Volveremos más adelante sobre esta paradoja, que he querido solamente

mencionar de pasada, antes de señalar el tercer carácter típico de nuestra

concepción del régimen temporal.

La orientación que eleva a la ciudad terrenal por encima de sí misma y le

quita el carácter de fin último, considerándola no como término de nuestro

destino, sino sólo como un momento, el momento terrenal de éste, debe, en

efecto, ser señalada como otro rasgo esencial de nuestra concepción. Esta

ciudad es una comunidad, no de gente instalada en moradas definitivas, sino de

gente en camino: esto es lo que podría llamarse una concepción “peregrina” de

la ciudad. Por consiguiente, la condición de vida de los miembros de la ciudad

temporal no ha de ser confundida con un estado de beatitud, un paraíso

terrenal, con una “felicidad suprema”, como decía Descartes. Pero esto no

quiere decir que bajo pretexto de que la vida actual sea un valle de lágrimas, el

cristiano haya de resignarse a la injusticia y a la miseria de sus hermanos. El

cristiano, a decir verdad, no está nunca resignado. Su concepción de este

mundo aspira de por sí a una mejora del valle de lágrimas, de tal forma que

proporcione a la multitud congregada una felicidad terrenal, relativa pero real,

una estructura de la existencia del todo buena y vivible, un estado de justicia,

de amistad y de prosperidad, que facilite a cada persona la realización de su

destino. Y hay que admitir que las acusaciones formuladas por el cristiano

contra la civilización moderna son mucho más graves y más motivadas que las

acusaciones socialistas o comunistas, puesto que no es sólo la felicidad terrenal

de la comunidad, sino la vida del alma, el destino espiritual de la persona los

que están amenazados por esta civilización.



Esta concepción de la ciudad terrenal era la de la cristiandad medieval.

Pero la cristiandad medieval no representa sino una de sus realizaciones

posibles. En otras palabras, una concepción así no puede realizarse en las

diferentes edades del mundo de una manera unívoca, sino de una manera

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