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modernos
Edición bilingüe, seleccionada y comentada

por Philip Freeman



Un
apasionante

viaje por
el origen

de las
palabras

Virgilio Ortega
PALABRALOGÍA

Ares y
Mares

Ares y Mares

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¿Sabías que la palabra pontífice significa «el que
cuida el puente»? ¿Y que aún hoy utilizamos térmi-
nos que proceden del antiguo Egipto? ¿Sabías que
la palabra ministro procede del nombre que recibía
el esclavo romano de menor categoría? ¿Cómo es
posible que palabras como esta última hayan cam-
biado tanto su significado a lo largo de la historia?
Palabralogía es una forma amena de descubrir
cómo ha evolucionado el lenguaje desde Egipto,
Grecia y Roma, pasando por la Edad Media, hasta
nuestros días al mismo tiempo que se nos retrata
las formas de vida de estas civilizaciones. Un apa-
sionante recorrido por la historia de las palabras,
su formación y sus cambios de significado que nos
ayudará a entender por qué unas palabras han
sobrevivido durante siglos mientras que otras caye-
ron en desuso. Un libro fundamental para enten-
der cómo se ha formado el castellano y cómo la
historia está también escrita en nuestras palabras.

Virgilio Ortega estudió en las uni-
versidades de Salamanca y Barcelona,
donde se licenció en Filosofía y Letras.
Ha sido director editorial durante más
de cuarenta años, en Salvat, Ediciones
Orbis, Plaza & Janés y, sobre todo, en
Planeta DeAgostini. Como editor, ha
publicado más de cinco mil libros, así
como varios miles de vídeos y de dis-
cos. Este es su primer libro como autor.

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Diseño e ilustración de cubierta: Compañía

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Virgilio Ortega

Palabralogía

Un apasionante viaje
por el origen de las palabras

Ares y MAres

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que con una cara (una ‘frente’) miraba hacia el pasado y con la otra al fu-
turo, con una frente hacia el año que terminaba y con la otra hacia el que
empezaba. Por eso era el dios de las puertas: podía mirar hacia dentro y
hacia fuera, vigilando así tanto la entrada como la salida. En honor del
dios Jano (Ianus en latín), el mes se llamaría ianuarius, de donde viene
nuestro enero. La bahía de Río de Janeiro fue descubierta por los portu-
gueses el 1 de enero de 1502 y por eso llamaron a la futura ciudad Río de
Janeiro, ‘río de enero’, donde la etimología queda aún más clara.

¿Y febrero? Pues viene del mes latino februarius, que era el mes de
las purificaciones o februa. Hacia el 15 de febrero se celebraban en
Roma las fiestas Lupercales, cerca de la gruta donde la lupa, la ‘loba’,
había alimentado a los fundadores Rómulo y Remo, situada en la colina
Palatina (¡se puede subir!). En ese festival de las februa, los celebrantes
azotaban a la gente (sobre todo a las mujeres) con unas februa, o tiras de
piel de macho cabrío, para así purificarla. Nuestra fiebre (del latín febris)
aún tiene que ver con esas purificaciones. Al igual que ocurre con otros
nombres de meses, también aquí el nombre latino se ha conservado en
las principales lenguas europeas modernas: febbraio en italiano, february
en inglés, février en francés, februar en alemán, fevereiro en portugués...

Marzo procede del latín martius, el mes de Marte, dios de la guerra
pero también de la fertilidad, tanto la del ganado como la de las plantas.
No en vano era el mes en el que la vida, tras el paréntesis invernal, volvía
a renacer. Era el inicio de la primavera, como había sido también el prin-
cipio del año.

Abril parece claro: viene del latín aprilis, que era el nombre de este
mes. Hasta ahí sí, claro. Pero ¿de dónde venía aprilis? Según algunos, ten-
dría que ver con el verbo aperire, ‘abrir’: es el mes en el que se abren las
flores. Pero quizá sea una etimología demasiado fácil, por lo que hay mu-
chos especialistas que la discuten. Otros lo relacionan con la palabra grie-
ga afro, ‘espuma’, de donde nació la diosa griega Afrodita (Venus para los
romanos, a la que estaba dedicado este mes). O sea, que en esto de las
etimologías no hay que fiarse de las apariencias, pues hay muchas «leyen-
das urbanas».

Mayo se llamaba maius en latín. Pero también aquí tenemos muchas
dudas. Unos especialistas relacionan ‘mayo’ con la palabra latina maio-

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res, los ‘mayores’, los ‘antepasados’, a quienes se veneraría en este mes.
Pero otros lo vinculan a Maya, la diosa romana de la floración (todavía
mayo es el «mes de las flores»), a quien llamaban la Magna Mater, la
‘Gran Madre’, y también la Bona Dea, la ‘Buena Diosa’. Estaría vinculada a
la fertilidad y a la maternidad, y su fiesta se celebraría en mayo. Pero sus
ritos eran secretos, por lo que de ello sabemos poco y además inseguro.
En este mes, en muchos pueblos de España, se ponía en la plaza del pue-
blo un mayo (un tronco de árbol alto y erguido), adornado con cintas y
frutos, al que mozas y mozos acudían a divertirse, en ritos que no pueden
menos de evocar los que antes favorecían la fertilidad de los campos.

Junio es (casi) evidente: iunius era el mes de la diosa Juno, la esposa
de Júpiter, el supremo dios romano. En una sociedad como la romana, en
cuyos mitos se habla de una presencia femenina fuerte, el papel de la mu-
jer como esposa y madre era vital. Y eso era Juno, suprema divinidad fe-
menina: diosa del matrimonio y de la maternidad, protectora de los em-

Figura 1.3. Julio César y Cleopatra, por Gérôme. El calendario juliano fue inspirado
por Sosígenes, astrónomo egipcio de Alejandría.

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piedras perpendiculares, una de las cuales tenía marcadas las horas y la
otra servía de gnomon (del griego gnomon, ‘guía’, ‘indicador’): la longitud
de la sombra indicaba la hora. «Pero este sistema sólo servía en los días
que hacía bueno», como decía Plinio el Viejo sobre los relojes de sol ro-
manos. Y, como aseguraba un reloj de sol, «Da mihi solem, dabo tibi ho-
ram» («Tú dame sol, que yo te daré la hora»). (Véase Figura 1.5).

Por eso precisamente se inventaron los relojes de agua, que funcio-
nan con sol o sin él: las clepsidras. La etimología de esta palabra es toda
una metáfora: viene del griego klepsydra, formada por las palabras klepto,
‘robar’ (¿no estaremos ahora en una cleptocracia con tanta cleptoma-
nía?) e hýdor, ‘agua’ (como en hidroavión, hidromasaje o hidrógeno).
Literalmente, ese reloj es un «ladrón de agua»: mide el tiempo que se
tarda en trasvasar (‘robar’) una cantidad de agua desde un recipiente a
otro. Las clepsidras datan del antiguo Egipto: eran unas vasijas de barro
llenas de agua, con un orificio de salida en la base y con una escala de
horas marcada en la pared del recipiente. El nivel del agua trasvasada
(‘robada’) indicaba las horas transcurridas. Y algo parecido sucedía con
los relojes de arena. (Véase Figura 1.6).

Esto permitió empezar a dividir el día en horas. Antes les bastaba con
decir: ‘día’, ‘noche’, ‘mediodía’, ‘medianoche’, ‘tarde’... Y, sobre todo, las
horas más bellas: el alba (del latín albus, ‘blanco’) y el ocaso. Nadie ha
llamado nunca jamás al alba de una forma tan bella como Homero: rhodo-
dáctylos heos, ‘la Aurora de rosados dedos’ (por tres palabras griegas: heos,
la diosa Aurora, como en Eoceno, el periodo de la ‘aurora reciente’; rho-
dós, ‘rosado’, como el nombre de la isla de Rodas; y dáctylos, ‘dedo’, como
en dactilografía). Y al ocaso Homero lo llamaba por su impresionante co-
lor: oinos, ‘vinoso’ (del griego oinos nos viene la enología). Y, hablando de
efluvios vinoso-poéticos, se ha de reconocer que nuestro Cantar de Mío Cid
tampoco lo hacía tan mal al hablar del alba: «Apriesa cantan los gallos / e
quieren quebrar albores». Ni tampoco García Lorca: «Las piquetas de los
gallos / cavan buscando la aurora». Pero ¿y el ocaso? Pues esta palabra
nos viene del latín occasus, que, a su vez, procede del verbo occidere, ‘mo-
rir’, ‘caer muerto’: a la puesta de sol, cae muerto el día. Y por eso decimos
también Occidente, donde el Sol cae al suelo y muere, frente al Oriente
(del latín oriri, ‘nacer’), que es donde nace.

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Así pues, llegados a este punto, en definitiva nos podemos preguntar: ¿y
qué es el tiempo? El propio san Agustín declaraba en sus Confesiones su
ignorancia: «Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo a
quien me lo pregunte, entonces no lo sé». ¡Pues eso mismo! Con razón
dice don Quijote que el tiempo es «descubridor de todas las cosas».

Moraleja sólo puede haber una, la del poeta latino Horacio: «¡Carpe
diem!», «Coge este día». Aprovecha el día de hoy, goza del presente. El pa-
sado ya no existe y, todavía, el futuro tampoco. Olvídate de la eternidad.

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