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Iconologías

ATALAYA

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ICONOLOGÍAS

nes han sentado cabeza y echado barriga su rebeldía de anta-
ño. En contraste con muchos otros de los sixtíes, «el ídolo de
los jóvenes» ha seguido siéndolo de quienes se han vuelto ma-
yores, pero también de sus hijos e incluso sus nietos.

Eso demuestra que los valores que representaba estaban en
perfecta congruencia con la época. Así es como algo o alguien
se vuelve mítico y, a partir de entonces, escapa al juicio. Pode-
mos adorarlo o podemos odiarlo. Poco importa: esa cosa está
ahí, y tenemos que arreglarnos Con ella.

Por eso Johnny, a pesar de su vida disipada, puede seguir
aumentando sus conquistas femeninas (Sylvie, Natalie, Laeti-
tia...), y hacer ostentación de su dinero, provocar escándalos
con impúdicas noticias en las páginas de sucesos, conseguir
una recomendación para acelerar los trámites de adopción, ex-
hibirse al lado de políticos (hombres y mujeres) de cualquier
partido, exiliarse en un paraíso fiscal e incluso, al mismo tiem-
po, apelar a sus orígenes belgas y pretender adquirir esa na-
cionalidad. Todo se le perdona. Nada arrastra consecuencias.
¡Es intocable!

Y ello sencillamente porque un icono cristaliza en sí la
mezcla de sombra y de luz de la que todos y cada uno estamos
formados.

Tal ambivalencia es, al mismo tiempo, de antigua memoria
y de banal cotidianidad. Ambivalencia que encontramos en los
héroes de cuentos y leyendas, que opera en todas las figuras
mitológicas, y que ha acabado por expresarse, de manera cari-
caturesca, y particularmente evidente, en una publicidad re-
ciente para una marca de lentes.

Johnny se desdobla ahí de una manera radical. El caballe-
ro blanco se enfrenta a ese otro sí mismo que es el ángel ne-
gro. Aquél deja ver la pura mirada de sus ojos azules resplan-
decientes, mientras éste se oculta tras unas gafas de un negro
intenso. Únicamente el chivo mefistofélico, común a las dos
facetas de la misma persona, nos recuerda que ángel y demo-
nio tienen un origen común.

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JOHNNY: ¡NEGRO ES NEGRO!

Ángel y demonio, Johnny lo es todo a la vez. Y quizá, más
que sus aproximaciones sintácticas, sus incorrecciones morfo-
lógicas y la pobreza de su vocabulario, es eso lo que suscita las
burlas y rechiflas de los intelectuales de guardia y otros predis-
puestos a la socarronería («humoristas», «Guiñoles de la
tele»...). Y tanto es así porque, para ellos, lo que importa es ser
bueno o malo, es decir ideológicamente distinguible. En suma,
blanco o negro.

No faltan las críticas. Tampoco el desprecio. Las cosas cla-
ras son preferibles. Cada cual en su sitio, y el zapatero a sus za-
patos.

Pero resulta que un icono es lo que es cuando, precisamen-
te, hace saltar en pedazos ese amable juego de sociedad para
sociólogos fatigados que es la distinción. Si algo prevalece en la
surrealidad mitológica es la complejidad, el policulturalismo,
el mestizaje, el politeísmo, lo fractal, la ambigüedad (táchese
el calificativo superfluo o añádanse otros), y, en pocas pala-
bras, el espesor de la existencia, el hormigueo cultural y la agi-
tación de la vida.

A propósito de Johnny, ¿podríamos utilizar palabras mayo-
res} Quizá una figura retórica: ¡es un oxímoron con patas! Per-
sonifica la poética y profética observación de Rimbaud: «Yo es
otro». A lo que se podría añadir: y me siento muy bien.

El desdoblamiento en blanco y negro traduce, si recorda-
mos a nuestros clásicos, esa «oscura claridad» que cae de las
estrellas. Y con su saber inmemorial, la sabiduría popular sabe
que las tinieblas pueden ser luminosas. El night-clubbing, del que
Johnny es un protagonista asiduo, expresa, paroxísticamente,
el refugio matricial que es la noche y el fulgor de los flashes y
los focos que perforan ese refugio.

Es eso mismo lo que lo convierte en un superviviente. Pasó
por todas las modas: el yeyé, el rock, el soul, la salsa, el blues, el
sintetizador. Eso le ha valido la admiración de algunos perio-
distas (Philippe Labro, Daniel Rondeau), aunque también la
desconfianza de todas las tribus intelectuales que lo consideran

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ZIDANE (z )

mente lo que caracteriza a un verdadero icono: reúne los pe-
dazos dispersos de una persona plural y la hace visible en su
integridad.

Ese cabezazo es, de hecho, una pieza antológica. Tanto se
ha glosado sobre él que simplemente se ha olvidado que resu-
me a la perfección la ambivalencia del héroe. Ni blanco ni ne-
gro, sino el claroscuro de toda existencia.

¡Helo ahí ejemplar y granuja a la vez! Ejemplar, porque
consiguió integrarse. Casi se olvidaría su patronímico. Granu-
ja, porque tiene grietas a través de las cuales no deja de asomar
lo natural. Pero, al mismo tiempo, ese salvaje cabezazo lo pro-
pinó en nombre del honor. ¡Y qué hay más serio que el honor
de la familia!

En el seno de la debilidad, quien se expresa es el buen hijo,
el buen hermano —el jugador italiano había insultado a su
hermana—, en suma, el hombre de honor. En la jerga de una
lógica posmoderna, tenemos ahí un hombre contradictorial. Es
decir, que es esto y aquello. Un mosaico compuesto en que el
color desvaído de un fragmento se compensa con el brillo de
otro. Y es esta complementariedad la que otorga al conjunto
su cualidad específica.

Ambivalencia, además, en Zinedine, por su relación con el
dinero. Lo gana a raudales. Y no oculta su interés por el desaho-
go económico y el bienestar que procura. Los spots publicita-
rios donde aparece, los productos derivados que patrocina y la
buena gestión —en familia— de los beneficios que almacena,
todo eso prueba que no le hace ascos al becerro de oro. Y que
sabe rendirle el culto que le corresponde.

Pero, simultáneamente, de una manera desinteresada,
sostuvo con su presencia y su imagen, gratuitamente, la cam-
paña de una asociación (Ella), que lucha contra una enferme-
dad poco propagada, la leucodistrofia, que aqueja al hijo de uno
de sus amigos. Este apoyo, como los que concede a otras ac-
ciones caritativas, manifiesta una ambivalencia deliberada-
mente buscada.

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ICONOLOGÍAS

Ése es el motivo por el cual Z. Z. es un icono de la mitolo-
gía posmoderna. El millonario convive con el chaval de las ba-
rriadas del norte de Marsella. En pocas palabras, es como todo
el mundo y, además, simboliza un triunfo al que puede aspirar
cualquier otro gamberro de las ciudades.

No olvidemos que el mito cristaliza las energías latentes.
Reúne, en una figura emblemática, lo que está disperso. Lo
propio de estas figuras es ser plurales, ambivalentes. Eso mis-
mo es lo que las vuelve atractivas. Eso mismo lo que las vuel-
ve sintomáticas del espíritu de la época.

Zidane, con su dulce mirada o en su destemplanza animal, es
por tanto ese héroe ambiguo, tipo acabado de lo que Montaig-
ne llamaba nuestra precaria y, sin embargo, sólida hommerie*

Véase la nota de la p. 96. (N. del T.)

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