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La literatura latinoamericana en la década de los 90
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Inti: Revista de literatura hispánica

Volume 1 | Number 32 Article 17

1990

La literatura latinoamericana en la década de los 90
Julio Ortega

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Citas recomendadas
Ortega, Julio (Otoño 1990) "La literatura latinoamericana en la década de los 90," Inti: Revista de
literatura hispánica: No. 32, Article 17.
Available at: http://digitalcommons.providence.edu/inti/vol1/iss32/17

http://digitalcommons.providence.edu/inti
http://digitalcommons.providence.edu/inti/vol1

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LA LITERATURA LATINOAMERICANA
EN LA DECADA DE LOS 90

Julio Ortega

D u d o que la literatura tenga la obligación de cambiar en cada década
pero lo que sí cambia, y a veces más pronto, son los puntos de vista de la lectura.
En la década de los 80 hemos asistido, no sin paciencia, a la disputa entre una
perspectiva de leer complaciente y otra, más exigente. La primera estuvo
impuesta por el valor de entretenimiento en el mercado; la segunda, por las
demandas artísticas y exploratorias de la escritura. Imaginar ahora el porvenir
del libro (o el libro por venir) puede ser un ejercicio especulativo en torno a las
exigencias de escribir y de leer, y a su intercambio fecundo.

No es difícil adelantar la primera evidencia: los años 90 serán el escenario
privilegiado de una nueva escritura de lo femenino. Ya hace un tiempo que las
versiones alternas propuestas por algunas escritoras han ido subvirtiendo los
edificios del orden cultural, empezando por la noción de la voz autoritaria de los
maestros. Las voces antagónicas de Elena Garro, Rosario Castellanos e Inés
Arredondo se nos han ido imponiendo, y no sólo como voces alternas. En
América Latina, las prácticas democratizadoras del feminismo se han entendido
como un trabajo político comunitario en la tarea de restablecer las redes de
solidaridad; en esa resistencia a los deterioros de la crisis, la fuerza creativa de
lo femenino puede devolvernos certidumbre también en la literatura. Entre las
muchas escritoras cuyo trabajo demanda atención están la chilena Diamela Eltit
(que subvierte la noción social de familia en El cuarto mundo, 1988); la
mexicana Carmen Boullosa (que hace una biografía post-feminista en Antes,
1989); la peruana Mariella Sala (que construye una objetividad definida por la
experiencia de la mujer en Desde el exilio, 1988); las venezolanas Yolanda
Pantin y María Auxiliadora Alvarez (poetas excelentes en la ironía y la
indagación); las ecuatorianas Gilda Holst y Liliana Miraglia (cuentistas capaces
de iluminar las paradojas femeninas); la uruguaya Teresa Porzecanski (que da
un relato a la subjetividad); y las argentinas Tamara Kamenszain y Cristina

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Siscar (que hacen de la escritura una fábula). Si la misma noción de "mujer" es
una fantasía masculina (una construcción social e ideológica que dice más de
nuestros medios que de la mujer misma), estas y otras escritoras están ya
demostrando su capacidad para subvertir y descentrar las codificaciones que
pasan por lo real.

Nuestra lectura de la versión femenina será, en esta dirección, otra. Lo
vemos ya en el paradigma de todo esto, Sor Juana Inés de la Cruz. Dos de sus
mejores lectores, Octavio Paz y Antonio Alatorre, han dicho, respectivamente,
que ella trasciende su condición de mujer y que ella no escribe como mujer o
como hombre sino como Hombre, con mayúscula. ¿Por qué, en cambio, no
considerar que Sor Juana escribe, en efecto, como sólo una mujer podía escribir?
Virginia Woolf en su fundacional discurso "A Room of One's Own" se resigna
a que no podía haber en el siglo XVI inglés una mujer escritora; pero en México,
en las sumas del barroco, sí lo fue posible, y precisamente por todas las razones
contrarias. No es que haya una escritura "femenina" y otra "masculina", sino
que lo femenino está hecho en la diferencia, en la calidad inclusiva de lo Otro,
que no estaría aquí sino a través suyo.

En cuanto a los géneros, confío que desaparezca el testimonio, no porque
no le debamos algunos grandes libros (como los de Elena Poniatowska) sino
porque ha alimentado la ilusoria noción de verdad en la escritura a costa de una
reduccionista versión de la biografía. Si la vida popular es procesable en
periodismo ilustrado es porque las clases medias sustituyen la política con la
ficción compensatoria; y esa distensión crítica, que alcanzó a la novela "light"
de los 80, no se corresponde con la calidad de sobreviviencia y resistencia de los
hombres y mujeres del pueblo, como es patente en Nadie, nada, el conmovedor
testimonio de voces montadas por Elena Poniatowska sobre las ruinas del
terremoto mexicano del 85. Como lectores, el cuento nos reconoce en la
intimidad cómplice que guardamos con lo excepcional. En ello hemos sido
formados por dos grandes paradigmas: Cortázar y Rulfo. No acabaríamos de
leer todo lo bueno que nos aguarda en el cuento (cuento de volver a empezar:
fábula de la excepción), porque en cada país hay narradores por descubrir. Dos
de ellos son el uruguayo Mario Levrero y el argentino Rodolfo Fogwill. De
ambos hay que esperar mucho, y su mejor difusión mejorará, de paso, la calidad
de la década. También argentino, Alberto Laiseca demanda así mismo atención.
Siempre es temprano para leer buenos cuentos, ya que su tempo de actualidad
no ha sido trivializado por el mercado de la novela, donde las novedades se
consumen y se descartan en el uso que las pone pronto en desuso. La novela
parece hoy destinada a la vitrina y, a poco, a la mesa de los saldos. Es por eso
que escasas novelas hoy son releídas, y los grandes premios de no hace mucho
se han simplificado sin pena. Como decía Malcolm Lowry, a algunos novelistas
de éxito la fama, como un borracho, les ha consumido la casa del alma. Por eso,
siempre es temprano para leer a los peruanos Julio Ramón Ribeyro y Luis
Loayza; a los venezolanos Alejandro Rossi y Oswaldo Trejo; al ecuatoriano

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Miguel Donoso Pareja; al chileno Antonio Skármeta... Pero no quiero hacer una
lista, siempre parcial, sólo reiterar esta calidad del cuento nuestro. El placer del
relato no es sólo la fábula instantánea, que gustaba verbalizar Cortázar, o la
reducción dramática del laconismo de Rulfo. Parece ser, más bien, la ironía de
las inadecuaciones: la excepción no sólo de los hechos sino de las hablas y de
las formas, inclusivas y alternas. El cuento se ha vuelto una textura más dúctil
y a la vez menos saturada.

Para la poesía estamos hechos, y de ella hay que exigirlo todo. Sólo un
lector autoritario esperaría confirmar en ella sus propios gustos; sólo un crítico
ingenuo pensaría que su interpretación se confunde con el género, felizmente
demasiado proteico como para dar por cancelada una u otra de sus posibilidades.
Hay que esperar, por eso, desde la fe en sus poderes aleatorios (la lección de
Lezama Lima, intacta) hasta la ironía de su habla permutante (que introduce la
duda sobre la lógica discursiva, como en la gran poesía de Enrique Lihn); desde
la lección clásica del habla que nombra los límites de la experiencia en lo
específico (como en la desgarrada vivacidad de la poesía reciente del mexicano
Eduardo Lizalde) hasta el balbuceo de la poesía que signa y des-igna (como la
magnífica substracción poética que cifra el venezolano Rafael Cadenas). Puro
presente, y presente impuro, la poesía excede a su hora para darnos un destiempo
fecundo. Sólo mencionaré algunos nuevos poetas cuyas voces pueden elaborar
la identidad de la década. De Fabio Morabito, Manuel Ulacia, Rafael Vargas
y Kira Galván, en México; de Mirko Lauer, Carlos López Degregori, Enrique
Verástegui y Magdalena Chocano, en Lima; de Raúl Zurita, Gonzalo Muñoz,
Diego Maqueira y Juan Luis Martínez, en Chile; de Antonio López Ortega,
Gonzalo Ramírez y Patricia Guzmán, en Venezuela; de Reyna María, Chely
Lima, Daiva Chaviano y Victor Fowler, en La Habana; entre otros muchos de
talento y rigor poéticos en verso o en prosa hay mucho que esperar y compartir.
Los cito con esperanzas de lector adelantado aunque sé que muy pronto nuevas
lecturas me harán ampliar este breve repaso.

Propongo al lector una apuesta mayor: preguntarnos por los mejores
escritores de la década, esto es, por aquellos que podrían culminar sus logros y
exploraciones en una obra mayor, raigal y fecunda. Me gustaría proponer que
el mejor poeta de este fin de siglo es ya José Emilio Pacheco, y diré por qué.
Porque su palabra inmediata (habla del tiempo y tiempo hablado) y a la vez
elaborada (lucidez formal y forma lúcida) posee las virtudes del decir clásico en
las vicisitudes del desvivir moderno. Recortada sobre el discurso poético,
descontada de la retórica, esta es una poesía de plenitudes tanto por su densidad
cotidiana (devolviendo las palabras a las cosas) como por su ductilidad emotiva
(tomándole la palabra al lector). Posee la entonación de un diálogo que nos
incluye con inteligencia y sensibilidad, dándole así al lenguaje la función
humanizadora de un reconocimiento mutuo entre los fragmentos de los saberes
insuficientes y la zozobra de las explicaciones. Le ha dado la palabra a la época,
y ésta habla de nosotros desde el centro de las crisis. Con lo cual Pacheco nos

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ha hecho más decibles, más humanos; su poesía es un acuerdo profundo y
conmovedor no sobre las evidencias de la destrucción sino sobre el habla que
nos permite decirla. Por eso, es una poesía que borra las distancias: entre habla
y conciencia, entre lírica y crónica, entre documento y visión, entre el yo y el
otro. La crítica no se ha detenido lo suficiente en la complejidad del coloquio
de esta poesía, en su interioridad inquieta, en su diseño sutil y genuino. Esta
poesía no tiene nada que ver con la prosa o el prosaísmo sino que es la anotación
parcial sobre un relato extraviado y latente; no busca expresar a la historia sino
que refiere su dispersión, su irracionalidad; no es meramente coloquial sino el
habla recatada del palimpsesto de los decires. Pachecho responde por el habla
más tangible, la más vulnerable. De allí la dimensión crítica y la vertebración
moral de su obra, una demanda de humanidad compartida que está entrañada en
el imaginario social, en la práctica civil, en la crítica de la violencia y en la
perpetuidad de lo popular. Pacheco ha visto en un grano de arena no la eternidad
sino la temporalidad de nuestra hechura. En este fin de siglo su poesía será la
huella del hombre más civilizado: el menos complaciente.

En cuanto a la narración, esta será la década, creo yo, en que la obra de
Carlos Fuentes, por un lado, y de Julián Ríos, por otro, habrán de realizarse
desde sus diversos ensayos como nuevos horizontes abiertos en un país sin
fronteras, la escritura en esta lengua. En el caso de Fuentes, gracias a la calidad
innovativa barroca de sus reformulaciones sin cánon, permutantes, que con-
vierten a la novela en el espacio disolvente de esta postmodernidad crítica y
festiva. Después de la anti-utopía de Cristóbal Nonato, su texto más radical,
Fuentes entregó Constancia y otras novelas para vírgenes, donde están algunos
de sus mejores des-enmascaramientos, y donde los relatos se duplican en otros,
haciendo de la fábula el lugar de lo real, su revelación entre espejismos; y acaba
de publicar La campaña, una fábula de las formaciones nacionales descontada
del discurso de la historia. Estas simetrías barrocas culminan con poderosa
persuasión como la forma transitiva del relato latinoamericano, donde en lugar
de una totalidad referible hubiese una arcilla primaria por rehacer y perfeccionar
como la forma superior que tendría la vida si decidiéramos su destino. El arte
sería esa formalidad proteica, esa metáfora formidable que contradice a una
historia y una política que no acaban de articularse en una comunidad habitable,
la que en las formas adquiere un sentido realizado, una identidad privilegiada.
Así, la brillante narrativa de Fuentes será el espejo que se pasea por nuestra
cultura, no para duplicarla sino para mostrarla en su magnífica virtualidad.

En el caso de Ríos, un español de ambas orillas del castellano, gracias a
que está construyendo lo que parece será una gran sátira literaria (al modo de la
Dunciad de Pope, donde la ironía nos libra de la Diosa del Aburrimiento, esa
musa periodística); sátira que es también un Satiricón de esta España que en la
seducción pagana se resiste a los rituales de la clase media complacida; y, en fin,
épica lúdica de una Europa invadida por la trashumancia del Sur y del Tercer
Mundo, por los bárbaros que ejercitan el entrecruzamiento feliz de las lenguas.

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