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Page 1

DOSSIER

39

ESPAÑA partida en dos
1705

La muerte sin hijos de Carlos II lanzó a España a una guerra, civil
e internacional, que comenzó hace 300 años. Nuevos análisis
subrayan que, junto a la cuestión dinástica, se enfrentaban dos
modelos de convivencia y de organización estatal que volverían a
aflorar en el siglo XIX. Cuatro especialistas estudian el modelo
austracista y el modelo borbónico de gobierno, hacen la crónica de
la larga Guerra de Sucesión y evalúan los efectos de la posguerra

40. Dos Españas
Ricardo García Cárcel

44. Guerra civil e internacional
Rosa María Alabrús

52. Los perdedores.
El proyecto austracista
Ricardo García Cárcel

58. Los vencedores.
Aires nuevos
Virginia León Sanz

66. Difícil posguerra
Enrique Jiménez López

Asalto borbónico a Barcelona, el 11 de
septiembre de 1714, por Estruc, Caixa
Sabadell.

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Page 2

L
a generación de 1698, la gene-
ración que vivió la agonía del si-
glo XVII, en la larga serie de no-
ventayochos que han jalonado

nuestra historia, fue quizás la más triste
de todas las generaciones finiseculares.
La de 1598, la de Cervantes, había esta-
do marcada por el miedo al ridículo, tras
tanto sueño imperial. La de 1798, la de
Antonio de Capmany, por el miedo a la
revolución. La generación de 1898, la eti-
quetada por Azorín, la clásica, estuvo pre-
sidida por el miedo a asumir la soledad,
la mediocridad, el aislamiento de España
frente al espejo europeo. Miedos, in-
quietudes, angustias de finales de siglo,
pero ninguno posiblemente tan patéti-
co como aquel 1698, marcado por el te-
mor al futuro en plena agonía de una di-
nastía, la de los Austrias, que había con-
quistado un Imperio en el que no se po-
nía el sol y que se encontraba ante un
horizonte en el que todo era sombra, por-
que la monarquía española se había con-
vertido en una caricatura de lo que fue.

En 1697 había sido invadida Cataluña
por los franceses que, tras un terrible si-
tio de Barcelona, la ocuparon durante
seis meses. El fantasma de la amenaza del
despedazamiento no ya del Imperio sino
de la propia España fue obsesivo en el
marco del problema sucesorio: la inca-
pacidad de Carlos II para reproducirse.
Entre las dos opciones, la austracista (el
archiduque Carlos) y la borbónica (Felipe

de Anjou), se postuló la alternativa de Jo-
sé Fernando de Baviera, que evitaba la
confrontación bélica, pero con el coste
de la repartición territorial fijada en el tra-
tado de octubre de 1698, por el que Fran-
cia se quedaba Nápoles, Sicilia y Gui-
púzcoa y Austria se hacía con Milán,
mientras que el candidato de Baviera se-
ría el rey de España, con Flandes y Amé-
rica. Pero el candidato alternativo que po-
día evitar la guerra murió. Y España si-
guió siendo un oscuro objeto de deseo.

En marzo de 1700, ya con la opción
Austria-Borbón, se planteaba un nuevo
reparto propuesto por los austracistas.
El archiduque Carlos se quedaba con
la monarquía española, América y Flan-
des y Francia recibía Nápoles y Sicilia,
mientras que el duque de Lorena ab-
sorbía Milán. Pero, en octubre de 1700,
la capacidad diplomática de Luis XIV se
impuso. No habría repartición, porque
no hubo consenso respecto a quién se-
ría el sucesor de Carlos II, sino guerra,
aunque el fantasma de la repartición si-
guió flotando a lo largo de la misma
(1702-03, 1706, 1709) e incluso después.
O repartición o guerra. Penosa alterna-
tiva para los españoles de aquel tiempo.

Invertebración hispánica
Pero un horizonte internacional tan in-
quietante derivaba en buena parte de la
escasa consistencia nacional española y
ésta era una consecuencia del viejo pro-
blema de la articulación del Estado, que
se había planteado en términos dramá-
ticos en 1640. La invertebración hispá-
nica, la había intentado resolver Olivares
a la tremenda. De aquel fracaso surgió
una alternativa política a lo largo del rei-
nado de Carlos II que se llamó neofora-
lismo y que preferimos calificar de dis-
curso de la reconciliación en el marco de
terceras vías entre el absolutismo centra-
lista y el constitucionalismo foralista.

Primero fue el sueño alternativo de don
Juan José de Austria con los intentos de
golpe de Estado en 1668 y 1676 contra
los validos de Carlos II, que contaron con

40

RICARDO GARCÍA CÁRCEL es catedrático de
Historia Moderna, U. A. de Barcelona.

Tras la muerte de Carlos II, se enfrentaron dos maneras de entender
España, arguye Ricardo García Cárcel. Dos modelos administrativos,
el centralista y el federal, la España horizontal y la España vertical. Pero
cada una de los dos opciones contenía muchos matices políticos

DOS ESPAÑAS

Carlos II, por Carreño Miranda. Su muerte sin
herederos trajo una contienda internacional
(Toledo, Museo de El Greco).

LA AVENTURA DE LA HISTORIA ON-LINE

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íntegramente las exigencia planteadas.
Este austracismo en Cataluña era en-
tonces muy minoritario. En abril de 1701,
Darmstadt, que había sido virrey de Ca-
taluña, fue expulsado de España. Y los
elogios de los catalanes a Felipe V con
motivo de su venida a Barcelona salpi-
can la literatura de estos primeros años
de su reinado. En el ámbito castellano,
los primeros austracistas, fueron nobles
recelosos de Felipe con un marcado an-
tifrancesismo. Un nacionalismo tradi-
cionalista impregnó el pensamiento de
estos nobles austracistas como el almi-
rante de Castilla: “Sólo parece que se tu-
vo por fin, de que nada hubiese que pu-
diera aver recuerdo de que habíamos si-
do españoles”. Los Grandes de España
nunca comulgaron con Felipe V, aunque
el pragmatismo conservador acabó in-
tegrando a la mayoría de los mismos en
las filas de la fidelidad al rey francés.

La siguiente fase es la del período
1702-05. Emerge el austracismo como al-
ternativa política tras la constitución de
la Gran alianza británica-austríaca-ho-
landesa contra Francia y España. Y, na-
turalmente, lo que antes era recelo se
convierte en disidencia. Los argumentos
del austracismo entonces eran el cues-
tionamiento de la legitimidad del testa-
mento de Carlos II, a partir de razona-
mientos como la renuncia de María Te-
resa cuando se casó con Luis XIV, o las
presiones insuperables a que se vio so-
metido Carlos II; el rechazo a Francia y

a la política de Felipe V y el optimismo
ante el papel de los aliados en el pano-
rama internacional. Es el período de la
formidable capacidad de articulación del
bloqueo aliado por parte de Darmstadt
y la configuración de un cierto mesia-
nismo político, que estimularían hom-
bres como Feliu de la Penya, con las ex-

pectativas del rey “que había de venir”.
No había un discurso político nuevo,

entonces, en el austracismo. El fluido
constitucionalista se extraía de la vieja
escuela “neoforalista” o, como lo llama
Arrieta, de los “decisionistas”, que ha-
bían elaborado el discurso político de
las últimas décadas del reinado de Car-
los II –los valencianos Crespi y Matheu
Sanz y los catalanes Viñes y Vilosa–, que
culminaría con los Calderó y Amigant,
ya a comienzos del siglo XVIII.

La alternativa catalana
El año de 1705 dio paso a una nueva
etapa: la de la práctica política del aus-
tracismo a través del gobierno de Carlos
III (el archiduque Carlos) en buena par-
te de la Corona de Aragón, con Corte en
Barcelona. Es el período de la catalani-
zación del austracismo. En ese año, se
muere el almirante de Castilla, la cabeza

de la opción austracista castellana, que
siempre postuló evitar que Cataluña se
convirtiera en el eje del austracismo. La
alternativa catalana comienza con el Pac-
to de Génova, que firmaron algunos lí-
deres catalanes (Peguera, Parera) sin re-
presentación institucional con Mitford
Crowe, plenipotenciario de la reina Ana
de Inglaterra. Pacto por el que Cataluña,
al margen del austracismo español, asu-
miría responsabilidades específicas en la
guerra, a cambio de garantías de las
Constituciones catalanas y del compro-
miso inglés de ayuda militar para con-
seguir el objetivo frustrado en 1704: la
toma de Barcelona por los austracistas.
El virreinato de Velasco en Cataluña era
insoportable. La entrada de los austra-
cistas en Barcelona se consumaría en
septiembre de ese año y, tras él, las Cor-
tes de 1705-06, ratificarían los deseos de
la burguesía comercial catalana conju-
gados con los intereses atlantistas de los
aliados –prohibición de entrada de ma-
nufacturas francesas, así como las ex-
pectativas de lanas a Francia, concesión
del puerto franco de Barcelona, insta-
laciones de artesanos extranjeros en Bar-
celona...– y al mismo tiempo se conse-
guían algunas reivindicaciones pen-
dientes –la devolución de la facultad de

insacular libremente sus cargos por par-
te de la Diputación y del Consejo de
Ciento.

La euforia austracista duró poco. Co-
mo ha dicho J. Albareda, el último ana-
lista de las Cortes: “En la práctica, mu-
chas de las consecuciones logradas en
las Cortes no se cumplieron”. Y es que
la guerra impidió el desarrollo normal
de la política y de la economía.

A partir de 1707, con la victoria bor-
bónica de Almansa, el austracismo se ve
sometido a no pocas tensiones internas.
Valencia y Aragón perdieron sus fueros
y se abrió una nueva etapa que con di-
versas fluctuaciones se puede caracte-
rizar como de resistencia austracista. El
austracismo se situará a la defensiva, con
notables fracturas internas en la defini-
ción política. Se va configurando el mo-
delo político de Carlos III que, en el de-
creto de El Pardo de 1710, postulaba un

54

Ana de Austria y María Teresa de Austria. La primera fue hija de Felipe III y madre de Luis XIV.
La segunda, hija de Felipe IV, fue esposa de Luis XIV y abuela de Felipe V (Palacio de Versalles).

En 1705, el austracismo se convirtió en
práctica política, a través del gobierno
de Carlos III, con Corte en Barcelona

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proyecto de gobierno de tendencia cen-
tralista –potenciación de la Secretaría de
Estado y de Despacho– y un discurso ca-
talán en el que se confronta el consti-
tucionalismo más ortodoxo y radical con
opciones revisionistas, la más significa-
tiva de las cuales fue el affaire Grases y
Minguella –hombres muy vinculados a
Ramón Vilana, el hombre de confianza
del rey– que se saldó con la imposición
del radicalismo en 1711.

El fin de la euforia
En septiembre de 1711, el austracismo
se quedó sin cabeza legal. Carlos se va
a Viena y se reconvierte de aspirante a
rey de España en emperador, con el
nombre de Carlos VI. Empieza un nue-
vo período caracterizado por la extrema
soledad catalana ante su destino. El con-
trapunto a la euforia de 1705. El olvido
por los aliados del “caso de los catala-
nes” en Utrecht. El heroísmo ante el si-
tio de 1713-14 como única salida cata-
lana. El austracismo en su vertiente más
patética y, desde luego, más radical. Se
impusieron los criterios del resistencia-
lismo numantino, desbordando las po-
siciones moderadas de Villarroel o del
conseller en cap, Rafael de Casanova.

Después de 1714, el austracismo sufre
la represión y el exilio. Un exilio que ya
había empezado con el viaje a Viena del
rey-emperador. El austracismo del exi-
lio será plural: en Viena, moderado y
“español”; en Italia, mucho más radical.

La Nueva Planta abrirá una situación po-
lítica diferente, que no dejará al austra-
cismo interno otra vía que la guerrilla.
Después de 1725, el Tratado de Viena
permitirá la vuelta de muchos austracis-
tas exilados a España. En pleno ejerci-
cio penitencial, con el aprendizaje del
relativismo político por bandera, el aus-
tracismo seguirá vigente en los márge-
nes del pensamiento oficial durante el
reinado de Felipe V, enquistado en las
alternativas reivindicativas de una Ilus-
tración distinta a la oficial, que postuló
Mayans, hijo de austracista resistente en
la Barcelona de 1714. Políticamente,
emergerá durante el reinado de Car-
los III a través del Memorial de Greu-
ges de 1760 y el proyecto político aran-
dista. En el siglo XIX, las viejas raíces
austracistas se verán reflejadas a través
del carlismo y el federalismo y, en el si-
glo XX, los debates entre la España uni-
forme y la España plural, la vertical y
la horizontal, parecen retrotraer los vie-
jos términos del debate ventilado a lo
largo de la Guerra de Sucesión.

Como puede verse, el austracismo ha
pasado por un tobogán de situaciones
que transcienden de la propia guerra de
1700-14. Pero más allá de las peripecias
coyunturales, ¿qué caracteres definito-
rios tendría el austracismo en la Guerra
de Sucesión? El primero es, obviamen-
te, su rechazo a Francia ya desde la ex-
periencia histórica catalana de la vincu-
lación a Francia durante once años

(1641-1652), ya desde los recelos a los
cambios en la clientela política cortesa-
na y en las maneras del ejercicio políti-
co de la monarquía, ya desde los inte-
reses económicos afectados por la com-
petencia de la invasión de mercancías
francesas. Ello es incuestionable, pero
conviene tener en cuenta que tampoco
dentro de los borbónicos hubo una
identificación emocional con Francia. Las
relaciones del abuelo Luis con el nieto
Felipe, sobre todo, después de 1706 dis-
taron de ser cómodas. A los ojos del rey
Felipe, Castilla y Francia, sus dos refe-
rentes, fueron muchas veces competiti-
vos y le crearon no pocos problemas de
asunción compartida.

La cuestión de representación, de la
especulación acerca de quiénes (¿Fran-
cia o los aliados?) tenían más fuerza en
la Europa de comienzos del siglo XVIII
marcó decisivamente la apuesta por una
u otra opción dinástica.

El segundo de los caracteres del aus-
tracismo ha sido su identidad política, co-
mo representación del constitucionalis-
mo frente al absolutismo monárquico.
Ello es indiscutible y los textos políticos
de la época inciden constantemente en
la bipolaridad absolutismo-constitucio-
nalismo como protagonistas de la guerra.

55

LOS PERDEDORES. EL PROYECTO AUSTRACISTA
1705. ESPAÑA, PARTIDA EN DOS

Carlos III recibe a su esposa, la princesa Isabel Cristina, en Barcelona, el 28 de julio de 1708.
Detalle del grabado conmemorativo (AHCB).

Hijo segundo de Leopoldo I y Leo-nor de Neoburgo, originó, en su
pretensión al trono español, la Gue-
rra de Sucesión. Comenzó a librar es-
ta disputa contra las tropas de Felipe V
en 1704, cuando trató de entrar en Es-
paña desde Portugal, sin lograrlo. Me-
ses más tarde pensó que la situación en
Cataluña le sería más favorable. El ase-
dio a Barcelona dio sus frutos y apro-
vechó la circunstancia para convocar
una reunión de las Cortes en 1706. Se
proclamó rey de España en Madrid, pe-
ro le faltó el apoyo popular en Casti-
lla y hubo de retirarse a Cataluña, don-
de se casó con Isabel Cristina de Bruns-
wick. Una nueva fase favorable de la
guerra provocó su segunda entrada en
Madrid en 1710 –donde llegó a go-
bernar como rey dos meses– pero hu-
bo de partir por la repentina muerte de
su hermano, que le permitía ceñirse la
corona imperial.

dos meses rey

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La publicística encaminada a justificar la
guerra con quien había sido el más fir-
me aliado de la causa de Felipe V du-
rante el conflicto sucesorio se basó en
denunciar el inaceptable incremento del
poder austríaco en Italia, y la actitud ina-
decuada de Inglaterra y Francia, al no
garantizar el statu quo de lo acordado
en 1713 en Utrecht.

También la propaganda fue utilizada
por las autoridades borbónicas de Cata-
luña para contrarrestar la probable pro-
mesa de devolución de los fueros que ha-
rían franceses y austracistas para ganar
adhesiones y provocar un alzamiento ge-
neralizado. El capitán general del Prin-
cipado hizo imprimir un escrito que pa-
saba por ser una carta de un catalán, an-
tiguo austracista, a sus amigos, también
catalanes, explicando su desencanto con
la causa del archiduque y procurando de-
sengañarles de la multitud de papeles que
propagaban por el Principado lo que el
corresponsal llamaba quimeras y fanta-
sías. El primer punto era confirmar que
el archiduque, ahora emperador, había
renunciado a la Corona española y re-
conocido como rey a Felipe V, en una úl-
tima y definitiva traición a la loca con-
fianza que muchos catalanes habían
puesto en un príncipe que no la merecía.
En segundo lugar, el propósito de la gue-
rra declarada no era reponer los antiguos
privilegios a los catalanes sino forzar a

Felipe V a abandonar sus pretensiones
territoriales en Cerdeña y Sicilia. La co-
laboración de los catalanes con los fran-
ceses sería una fatal equivocación. Ca-
taluña y los catalanes debían aprender de
los errores de la Guerra de Sucesión y
evitar nuevos pasos en falso, y la inva-
sión de su territorio por Francia brinda-
ba una ocasión irrepetible para ganar la
estimación de Felipe, colaborando con el
ejército borbónico en el rechazo de los
enemigos. Ahí estaba el ejemplo de Fe-
lipe IV tras la revuelta de 1640, y la re-
conciliación posterior de la Corona y Ca-
taluña para demostrar que esa armonía
entre la nueva dinastía y Cataluña era po-
sible si se daba la lealtad de los catalanes
y su colaboración frente a los franceses.

La guerrilla, que no había desapareci-

do totalmente desde el fin del conflicto
sucesorio, reinició con fuerza sus activi-
dades. Fue sin duda Pere Joan Barceló,
conocido por Carrasclet, el más famoso
de los cabecillas guerrilleros, y el que al-
canzó un predicamento cercano al mi-
to, aunque eran también muchos quie-
nes lo consideraban un facineroso, ladrón
y asesino. La implicación de paisanos

catalanes en la defensa de los pueblos
y caminos, frente a lo que se calificaba
de ladrones, gente inquieta y enemiga del
sosiego, se concretó con el estableci-
miento de escuadras paramilitares cuya
misión era evitar las acciones de los se-
diciosos y perseguirlos, además de pro-
teger a los convoyes que transitaran por
los caminos. A fines de agosto de 1719,
la situación del Principado era observa-
da por algunos catalanes borbónicos con
alarma. El abogado y regidor de Tárrega,
José Font, con dos de sus hijos sirviendo
en el ejército borbónico, y que había re-
cibido escritos amenazadores, suplicaba
al capitán general marqués de Castelro-
drigo que, como “otro Josué”, liberase a
“a este pueblo opreso de tanta iniquidad
y tiranía”, ya que el país se encontraba

invadido de sediciosos “matando, hur-
tando y habiendo del todo perdido el res-
peto a Dios, al Rey y a sus Ministros”. Por
entonces Carrasclet se movía por el Camp
de Tarragona con unos 1.000 hombres,
de los que entre 400 y 500 se encontra-
ban armados y el resto, a la espera de
conseguir armamento.

La estrategia guerrillera era golpear las

70

Una mujer ahuyenta a dos bandoleros, en una xilografía catalana. Cabecera de romance del siglo XIX

A los guerrilleros catalanes se los tildó
de “ladrones, gente inquieta y enemiga
del sosiego” y se armaron paramilitares

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vías de comunicación del principado, in-
terceptar los correos para estar informa-
dos de los propósitos de los militares fe-
lipistas, y obligar a las tropas borbónicas
a replegarse tras las fortificaciones de las
plazas con guarnición militar. Además,
estas partidas guerrilleras actuaban en
coordinación con las tropas regulares
francesas, quienes les prestaban apo-
yo logístico. Los asaltos y robos per-
petrados por grupos de guerrilleros
llegaban hasta las proximidades de
Barcelona. Debido a ello se ordenó
cortar el arbolado a izquierda y de-
recha del camino real entre la Ciudad
Condal y Martorell para evitar que se
utilizara como escondrijo de maleantes
y guerrilleros, y que los convoyes viaja-
ran siempre de día, partiendo al des-
puntar el alba, procurando evitar la dis-
persión de sus integrantes.

El más duro golpe sufrido por la gue-
rrilla fue su fracasado intento de tomar
Valls, centro estratégico de la comarca
donde las partidas guerrilleras eran más
activas y numerosas. El 5 de diciembre
fueron rechazadas por la eficaz oposi-
ción de la escuadra local comandada por
Pere Antón Veciana, en número muy in-
ferior a los atacantes pero bien dispuesta
y parapetada. En la carrera posterior de
Veciana y en la de sus herederos la vic-
toria sobre la guerrilla de Carrasclet fue
providencial, como también lo fue pa-
ra la propia institución de las escuadras,
que sería el germen de lo que han lle-
gado a ser en la actualidad los mossos
d’escuadra, la policía autonómica de
Cataluña.

La represión y su memoria
Siendo como fue el conflicto suceso-
rio una guerra entre españoles, la re-
presión de los vencedores sobre los
vencidos fue cruel. La confiscación de
bienes, es decir, el castigo económico,
fue habitual, y su volumen alcanzó ma-
yores niveles cuantitativos en la Coro-
na de Castilla que en la de Aragón, por
ser los austracistas castellanos miem-
bros de la alta nobleza, como el almi-
rante de Castilla, el marqués de Lega-
nés, o los condes de Oropesa y de la
Corzana, todos ellos grandes propie-
tarios agrícolas y ganaderos. Según cál-
culos de Virginia León, el importe de
las haciendas confiscadas a austracistas
castellanos tuvo un valor de casi tres
millones de reales, mientras que fue

únicamente de algo más de un millón
setecientos mil reales en Aragón, Va-
lencia y Cataluña.

Pero el presidio, la condena a galeras
o el destierro, acompañadas por el celo
en la utilización de la pena capital, fue-
ron la tónica habitual en las actuaciones
represivas en los territorios orientales de
la Península, llevadas a cabo con una fe-
rocidad que se pretendía fuese ejemplar.
En su crónica latina de la Guerra de Su-
cesión en Valencia, el fraile trinitario Jo-
sé Manuel Miñana afirmaba, pese a su mi-
litancia borbónica, que en 1707 las tro-
pas de Felipe V “mataron a muchos que
imploraban con las manos extendidas sal-
var la vida; dejaron para ser devorados
por las aves a muchos más colgados de
los árboles sin motivo alguno para que
sirviesen de ejemplo a los demás”.

La memoria de lo acontecido en aque-
llos años terribles de la posguerra, don-
de la represión se vio estimulada por el
temor de los vencedores a un nuevo le-
vantamiento, dejó honda huella en unos
y otros, que perduraría en el tiempo.
Gregorio Mayans, el gran ilustrado va-
lenciano de la primera mitad del si-
glo XVIII, hijo de austracista exiliado, era
consciente del esfuerzo borbónico por
erradicar de la evocación colectiva cual-
quier reminiscencia del período en que
el archiduque Carlos fue reconocido co-
mo rey, y aun de la época foral. En carta

a su amigo, el obispo de Barcelona Asen-
sio Sales, fechada, no sé si por casual
coincidencia, un 25 de abril de 1763, ani-
versario de la Batalla de Almansa, que-
joso ante las dificultades para poder ad-
quirir libros en catalán, afirmaba: “Con
razón sienten los barceloneses la me-
tamorfosis de su Generalitat. Los cas-
tellanos quieren quitarnos aun la me-
moria de nuestra antigua libertad:
son gente enemiga de todo el géne-
ro humano”.

Pero un similar resentimiento se
puede encontrar en el bando de los
vencedores. Un colegial del Mayor de

San Ildefonso de Salamanca, el biblio-
tecario real Juan de Santander, conside-
raba que los ataques contra los colegios
mayores que a final de la década de los
años sesenta encabezaban un aragonés,
Manuel de Roda, y un valenciano, Fran-
cisco Pérez Bayer, se debían a un mise-
rable revanchismo de los súbditos ven-
cidos en el conflicto sucesorio, pero no
sanados suficientemente de sus pasiones
desordenadas y de sus ofuscaciones con-
génitas. Decía Juan de Santander: “¿Y por
quién se imputan estos atroces excesos
a los colegiales? Por aquellos cuyas pa-
trias debieran no haber enjugado aún las
lágrimas de su perfidia; por aquellos que
mantienen siempre en sus pechos la emu-
lación y el odio contra los fieles vasallos
de las Coronas de Castilla y León”.

La incomprensión hacía dificultosa la
reconciliación necesaria. Como afirma
John Elliott en su estudio sobre La rebe-
lión de los catalanes, de 1640: “Las amar-
gas memorias que sobreviven a los siglos
sólo sirven para dividir. La revuelta de los
catalanes –y en nuestro caso, también la
Guerra de Sucesión y la represión bor-
bónica– compendiaba, y al mismo tiem-
po perfilaba, la tragedia de España”. ■

71

DIFÍCIL POSGUERRA
1705. ESPAÑA, PARTIDA EN DOS

ALABRÚS IGLESIES, R. M., Felip V i l’opinió
dels catalans, Lleida, 2001.

ALBAREDA, J., Felipe V y el triunfo del absolutismo.
Cataluña en un conflicto europeo (1700- 1714),
Barcelona, Generalitat de Catalunya, 2000.
GARCÍA CÁRCEL, R., Felipe V y los españoles, Ma-
drid, Plaza & Janés, 2002.
LEÓN SANZ, V., Carlos VI. El emperador que no pu-
do ser rey de España, Madrid, Aguilar, 2003.
MARTÍNEZ SHAW, C., y ALFONSO, M., Felipe V, Ma-
drid, Arlanza, Madrid, 2001.
VV. AA., La Guerra de Sucesión en España y Amé-
rica, X Jornadas de Historia Militar, Sevilla, 2001.
VOLTES BOU, P., La Guerra de Sucesión, Barcelona,
Planeta, 1990.

PARA SABER MÁS

Gregorio Mayans, hijo de un austracista,
escribió: “Los castellanos quieren quitarnos
aun la memoria de nuestra antigua libertad”.

LA AVENTURA DE LA HISTORIA ON-LINE

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