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TitleHazard, Paul - La Crisis de La Conciencia Europea Alianza Ed. 1988
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��� Paul Hazard

los principados alemanes y Roma, para tejer los hilos de la unión. En
1683, Spínola trae una fórmula de base, Regulae área christianorum
omnium ecclesiasticam reunionem. Se reúnen teólogos de los dos par­
tidos, celebran conferencias y bajo la inspiración de Molanus, abad
de Lockum —espíritu amplio, corazón generoso—, elaboran un mé­
todo que debe conducir al fin a la conciliación largamente deseada:
Methodus redtmcendae unionis ecclesiasticae ínter Romanenses et Pro­
testantes.

Leibniz va más lejos que todos. Hacia la época en que se prepara
y se ejecuta, en el reino de Francia, la revocación del Edicto de Nan-
tes, insensible a las violencias pasajeras y convencido de que el espí­
ritu de concordia es la verdad y la vida, reflexiona y compone la pro­
fesión de fe que se llama el Systema theologicum, de tono tan grave
y tan hermoso: después de haber invocado el auxilio con largas y fer­
vientes plegarias; dejando de lado, en cuanto es posible al hombre,
todo espíritu de partido; meditando sobre las controversias religiosas
como si llegara de un mundo nuevo; simple neófito, extraño a todas
las comuniones, libre de todo compromiso, he llegado al fin, bien
considerado todo, a los puntos que voy' a exponer: he creído deber
abrazarlos, porque la Sagrada Escritura, la autoridad de la piadosa an­
tigüedad, la sana y recta razón misma y el testimonio cierto de los
hechos, me parecen reunirse para inspirar su convicción a todo hom­
bre exento ae prejuicios...

¿De qué convicción habla? Habiendo examinado no sólo los dog­
mas, la existencia de Dios, la creación del hombre y del mundo, el
pecado original, los misterios, sino los puntos más debatidos en la
práctica, los votos religiosos, las obras, las ceremonias, las imágenes,
el culto de los santos, está convencido de que nada se opone a que
católicos y protestantes se aproximen, se unan y, cediendo unos y
otros acerca de algunas dificultades aparentes, restituyan la unidad de
la fe. Véase cómo habla de las disciplinas romanas, de las mismas que
excitan la cólera o el desprecio de sus correligionarios, los luteranos:

Confieso que las órdenes religiosas, las cofradías piadosas, las aso-
daciones santas y todas las demás insitituáones de este género, han ob­
tenido siempre de parte mía una admiraáón muy particular. Son como
una milicia celestial que combate sobre la tierra, con tal de que se evi­
te todo abuso y toda corrupción, que se las dirija según el espíritu y
las reglas de los fundadores y que el Sumo Pontífice las aplique a las
necesidades de la Iglesia universal.

O mejor todavía:

Así los sonidos de la música, los dulces acordes de las voces, la poe­

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sía de los himnos, la elocuencia sagrada, el esplendor de las luces, los
perfumes, las ricas vestiduras, los vasos ornados de piedras preciosas,
los dones de gran valor, las estatuas y las imágenes que excitan la pie­
dad, las leyes de una sabia arquitectura, las combinaciones de la pers­
pectiva, las solemnidades de las procesiones públicas y las ricas colga­
duras que tapizan las calles, el sonido de las campanas; en una pala­
bra, todos los honores que la piedad de los pueblos gusta de prodigar,
no encuentran, pienso ya, en Dios el desdén que muestra la simplici­
dad huraña de algunos hombres en nuestros días; lo que confirman,
por lo demás, a la vez la razón y los hechos...

Después de esto, ¿hay que asombrarse de que en Roma, adonde
lo conducen en 1689 sus funciones de historiógrafo y su universal cu­
riosidad, se le ofrezca que tome la dirección de la Biblioteca Vatica­
na? ¿No hay motivos para creer que es católico de corazón y muy
próximo a convertirse?

* * #

Bossuet; a Bossuet es a quien habría que llegar para tener éxito. «Vos
sois como otro san Pablo, cuyos trabajos no se limitan a una sola na­
ción o a una sola provincia: vuestras obras hablan actualmente en la
mayoría de las lenguas de Europa y vuestros prosélitos publican vues­
tros triunfos en lenguas que no entendéis...» 4.

Bossuet ha creído mucho tiempo que se podía reducir a los pro­
testantes por medio de la controversia. Cuando en 1671 ha dado su
Exposición de la doctrina católica, ha parecido tender la mano, abrir
los brazos. Como Leibniz, no quería distinguir ya lo que distingue,
e insistía en lo que podía unir. Desembarazando la doctrina católica
de las adherencias con que la habían complicado los confusos y los
excesivos; mostrando que las creencias fundamentales eran comunes;
explicándose acerca del culto de los Santos, acerca de las imágenes y
las reliquias, de las indulgencias, de los sacramentos, de la justifica­
ción por la gracia, del modo más conciliador; justificando la tradi­
ción y la autoridad de la Iglesia; mostrando que la creencia en la tran-
sustanciación constituía la única dificultad real y que aun esta difi­
cultad no era insoluble: hacía un gesto tan generoso, tan cálido, que
todo el mundo protestante se había conmovido. Y hasta se había acu­
sado a su Exposición de ser demasiado liberal para que fuera ortodo­
xa pero, provista de la aprobación de los obispos y del mismo Papa,
recorría toda Europa, fecundamente: «Esta exposición de nuestra

* Mi lord Perthe a Bossuet, 12 noviembre 1685.

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to que se proclamó la igualdad y la libertad racionales del individuo;
puesto que se habló solemnemente de los derechos del hombre y del
ciudadano, reconozcamos que casi todas las actitudes mentales cuyo
conjunto llevará a la Revolución francesa fueron tomadas antes del
final del reinado de Luis XIV. £1 pacto social, la delegación del po­
der, el derecho de rebelión de los súbditos contra el príncipe: ¡his­
torias viejas hacia 1760! Hacía tres cuartos de siglo, y aún más, que
se las discutía a plena luz.

Todo está en todo, ya lo sabemos; nada es nuevo, también lo sa­
bemos, puesto que acabamos de señalar nosotros mismos los paren­
tescos y las filiaciones. Pero si se llama novedad (y parece que no
hay otras, en la esfera del espíritu) a una lenta preparación que llega
al fin a su término, al remozamiento de tendencias eternas que, des-

ftués de haber dormido en la tierra, surgen un día, dotadas de una uerza y adornadas de un esplendor tales que parecen desconocidos
a los hombres ignorantes y olvidadizos; si se llama novedad a un cier­
to modo de plantear los problemas, cierto acento, cierta vibración;
cierta voluntad de mirar al porvenir más que al pasado, de despren­
derse del pasado, aunque aprovechándose de él; $Í se llama novedad,
en fin, a la intervención de ideas fuerzas que llegan a ser bastante enér­
gicas y bastante seguras de sí mismas para actuar evidentemente so­
bre la práctica cotidiana, entonces se ha realizado un cambio, cuyas
consecuencias han llegado hasta nuestra época presente, en los años
en que unos genios que se llaman Spinoza, Bayle, Locke, Newton,
Bossuet, Fénelon, para no recordar sino a los más grandes, procedie­
ron a un examen de conciencia total, para poner nuevamente de ma­
nifiesto las verdades que dirigen la vida. Para decirlo con uno de ellos,
con Leibniz, extendiendo al mundo moral lo que él decía del mundo
político: Finís saeculi novarn rerum faciem aperuit 15: en los años fi­
nales del siglo XVII, ha comenzado un nuevo orden de cosas.

15 Ouvres, ed. Foucher de Careil, t. III: Status Europa! incipiente novo saeculo.

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años que van de 1680 a

1715 un período a primera vista confuso son de importancia
capital para la historia intelectual y social de Europa en la medida en
que las ideas más contradictorias y confusas se enfrentaron entre sí y
contribuyeron a crear un nuevo mundo. Desde finales del siglo XVIi
se aprecia la progresiva destrucción de los valores tradicionales y el
nacimiento de otros originales, que llevan a la desaparición del
orden clásico resurgido tras el Renacimiento con apariencia de
eterno. LA CRISIS DE LA CONCIENCIA EUROPEA (1680-1715)
muestra cómo treinta años antes de la muerte de Luis XIV todas las
ideas que cambiarían el mundo occidental se hallaban ya disponi­
bles; la cuestión por explicar es que la revolución se hiciera esperar
un siglo y los acontecimientos de 1789 no se produjeran en 1689.
Este libro de PAUL HAZARD traducido por Julián Marías
engancha al lector como si fuera una novela dinámica y viva, por
cuyas páginas pasan las grandes figuras de la época (Spinoza, Locke.
Leibniz, Bossuet y Bayle, por no citar más que a las más importan­
tes) que derrotaron, a través de sus debates, las viejas ideas y
sentaron las bases de la Europa contemporánea. Los «nuevos
filósofos» trataron de sustituir una civilización basada en la idea del
deber hacia Dios y hacia el príncipe por otra basada en la idea de
derecho: los derechos de la conciencia individual, de la crítica, de la
razón, del hombre y del.ciudadano. En esta misma colección: «El
pensamiento europeo en el siglo w m » (AU 434). de Paul Hazard.

Alianza Editorial

Cubierta Daniel Gil

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