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ste libro inaugura una nueva colección universitaria: Comentarios y mono­
grafías, acogiéndose al respecto a la donosa indicación de Ortega: «La filo­
sofía es como Jericó. Sólo se toma a base de darle vueltas.•• Todos sabemos

-y todos hemos sufrido por ello- lo que significa abrir un libro escrito por un
gran clásico y no entender al principio nada, lo cual conlleva un doble peligro que
desemboca en lo mismo: o bien se deja la filosofía --o se la toma como una ocu-

' pación más-, pensando que ese autor es un botarate, por más que digan pro­

fesores o manuales, o bien se deja la filosofía -para dedicarse a algo de mejor

«digestión••-, pensando que ese autor es tan genial que sólo debe de escribir
para sus iguales, porque uno -el lector- creía ser medianamente inteligente

hasta que se enfrentó -espantado- con una «Exposición metafísica del espacio»,

por ejemplo. Así, entre el desprecio y la humillación, la obra se queda atrás, como
un alto fortín inexplorado e inexpugnable, pero también estéril.

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LA FUERZA DE LA RAZÓN
INVITACIÓN A LA LECTURA DE LA

"CRÍTICA DE LA RAZÓN PURA" DE KANT

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1 36 FÉLIX DUQUE

cia "interna" y por ende "simple" -guía de Leibniz para su monadología-,
sino de los objetos del mundo externo o sensible) .

Respecto a la Tesis, la Prueba procede apagógicamente así: Supongamos
que las sustancias compuestas no constan de partes simples. Ahora bien, si
suprimimos mentalmente toda composición (recuérdese que este tipo de
enlace es efectivamente el adscrito por Kant a lo matemático) no queda
entonces nada160 . Entonces, una de dos: o es imposible tal supresión, o algo
ha de restar sin composición, a saber, lo simple. En el primer caso, lo com­
puesto no constaría entonces de sustancias (contra la hipótesis) , ya que la
composición es una relación meramente accidental y externa entre aquéllas.
Luego queda sólo la segunda alternativa: debemos pensar que existe lo sim­
ple (sustancias metafísicas, o "mónadas") , aunque no haya medio físico de
poner a la vista esas sustancias últimas. (La argumentación podría valer
también para la defensa de los "elementos" o átomos de John Dalton) .

La Prueba de la Antítesis es más pormenorizada y extensa (y se ve que
Kant se mueve más a gusto en ella) . Supongamos que una sustancia com­
puesta consta de partes simples. Pero -según concede el adversario- la com­
posición es una relación externa y, por ende, espacial. Luego el espacio ha
de constar de tantas partes como las que en él ocupa lo compuesto . Sólo
que el espacio no consta de par�es, sino de espacios, y así al infinito. Así
que lo simple ha de ocupar al cabo un espacio16 1 : y todo cuanto ocupa un
lugar en el espacio presenta una diversidad de elementos recíprocame�te
externos no simplemente accidentales (pues, sin residir en una sustancia,
"cómo íbamos a pensar que están unos "fuera de" otros") . De manera que
hasta las sustancias o partes últimas comtituirían algo así como un
compositum substantiale, lo cual contradice el supuesto de partida. Luego en
el mundo no hay nada simple (cabe añadir: no lo hay porque el espacio es
divisible al infinito, y por ende la materia que estd en él, en coherencia con
la afirmación de la Antítesis de la Primera Antinomia: que el mundo está
en el espacio -y en el tiempo-) .

16° Pero nosotros -valga la intromisión en esta argumentación- sabemos por la "Estética" que sí
quedaría algo: el espacio mismo, como forma de diversidad pura.

.
IGI Obviamente, esto lo negaría Leibniz. Precisamente es esa objeción (él es el pnmero en
defender la divisibilidad infinita de la materia y del espacio) lo que hace retirar a Leibniz sus
átomos del respecto físico (no hay "mónadas físicas", en las que en cambio creía el Kant
precrítico) para refugiarlos en la metafísica.

LA FUERZADELA RAZÓN. INVITACIONALALECfURADELA"CRfTICADELA RAZÓNPURA"DEKANT 1 37

¿ Cómo salir de esta antinomia de la división de un todo dado en la in­
tuición" Por uno y otro lado, lo que parece disolverse es justamente la idea
de un "todo". Es más, se diría que ambos argumentos son acientíficos y
peyorativamente "metafísicos"; ambos van por demás contra la experiencia
concreta y directa: percibimos "cosas" individuales, no un número infinita­
mente discreto de " implos iones" -cada mónada sería un "mundo"
incomunicable y cerrado "hacia dentro"- ni una continua "explosión" de una
"materia" disgregada al infinito 1 62 : no habría entonces sino una recíproca
exterioridad, o mejor, una "íntima" exteriorización (cada "cosa'' estaría lite­
ralmente "fuera de sí", o sea: demente) . En ambos casos, el "mundo cotidia­
no" se evapora, sin que ninguno de los bandos parezca saber explicar por
qué tanta "fantasmagoría" , ni con qué fin (si lo hay; si no es todo -y el
"todo"- un absurdo) nos vemos "engañados" .

Para escapar de la aporía, Kant recurre de nuevo a la síntesis regresiva de
condiciones. Ahora bien, el regreso no se da aquí in indefinitum ("hacia
fuera y hacia atrás", por así decir, como en la Primera Antinomia) 1 63 , por­
que las partes (que son las "condiciones" determinantes de los cuerpos) es­
tán contenidas en lo por ellas condicionado (en el "cuerpo" perceptible) .
De modo que condiciones y condicionado se dan en este caso conjunta­
mente: por eso, la síntesis procede in infinitum ("hacia dentro" , por así
decir: el cuerpo -percibido en una intuición como íntegro- tiene límites
bien definibles ad extra) . Pero decir que el regreso procede al infinito no es
en absoluto lo mismo que afirmar que un "todo" consta en acto de un nú­
mero i n finito de partes . Kant recurre aquí -sin decirlo- a la crítica
aristotélica a los atomistas para defender un infinito potencial, "sucesivo y
nunca completo. " (B 552 1 A 524) . La serie regresiva no puede presentar

' "2 Lo curioso es que, para el interior de cada mónada, Leibniz aceptaría seguramente también
la afirmación de la Antítesis: la materia monádica es esponjosa; en su fondo insondable se abren
cavernas tras cavernas, al infinito. Así que, siempre desde una perspectiva (la del sujeto de
inhesión), todo está en todo, pero dispuesto de manera diversa, como los espectadores que
contemplaran la misma ciudad desde distintos ángulos.
163 Si el epicúreo defensor de la Antítesis fuera coherente, tendría que conceder que ni siquiera
hay minimae partes en el interior de cada átomo, ya que el espacio es infinitamente divisible (claro
está que esto es lo que añade Kant por su cuenta, via Leibniz) . Demócrito habría sido entonces
más coherente, aunque tuviera que pagar su probidad con la absurda admisión de átomos de todos
los tamaños (aunque esos cuerpos fueran de suyo insensibles e insecables) , sin poder explicar por
qué unos habrían de ser más grandes o más pequeños que otros; esto es algo que implica una
medición comparativa (a partir de una unidad) y, por ende, partes.

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pues ni un número infinito de miembros ni conectar esos miembros en un
todo. Las (mal llamadas) "partes" del espacio son, desde luego, espacios;
pero las partes de los "obj etos" no tienen por qué ser, a su vez, obj etos.
Gracias al espacio -que es la condición formal de su posibilidad- todo cuer­
po es divisible al infinito; pero eso no significa que el cuerpo mismo sea
infinito (o al contrario: que sea un infinitésimo). Reduciríamos entonces éste
a su extensión (como le pasó a Descartes, que tuvo por ende que admitir,
un tanto incoherentemente, diversas "condensaciones" de materia para una
única res extensa) , olvidando su intensión (la cual se da en toda percepción
"de golpe" y en masse: llenando un espacio con el momentum de su fuerza,
y no simplemente ocupándolo) .

¿Qué le ha ocurrido al "monadista"? Éste parece haber abandonado a
su suerte a la cosa sensible -que es una "imagen permanente de la sensibi­
lidad, nada más que intuición, en la cual no cabe encontrar nada incondi­
cionado" (B 553 1 A 525)-, refugiándose en un sujeto absoluto de inhesión
(o sea, en una "cosa en sí", cuyas perceptiones son vistas como si emanaran
de un "interior" infinitamente desplegable) . "Qué se ha " imaginado" en
cambio el epicúreo" Éste parece haber creido que en todo conjunto articu­
lado (en toda "cosa" o sustancia) hay una multitud de partes que, a su vez,
están articuladas (o sea, constan de partes) , y así al infinito. Sólo que un
"todo" que consta de "partes", siendo cada una de éstas, a su vez, un "todo"
que consta, etc. es algo absolutamente impensable: los conceptos (ya no las
c�sas) "todo" y "parte" serían entonces intercambiables ad libitum, y ambos
dejarían de tener sentido alguno. Una síntesis infinita de síntesis, sin nada
que analizar: esa "mala'' idea va directamente contra el principio de contra­
dicción. En cambio, admite Kant (al que l e interesa salvar la idea de un
"todo") , sí es pensable (pero sólo pensable) el análisis (al fin, de Descartes a
Leibniz y más allá, la filosofía y la matemática modernas se mueven en esa
dirección) . Si se pudieran descomponer las partes de la materia hasta sus
elementos últimos, éstos serían luego articulables entre sí. Sólo que eso 'no
se puede hacer, realmente. Pero no por falta de un instrumental más preciso
(pensemos en las mal llamadas "partículas elementales" de la física actual) .
Ésta no es una cuestión empírica, sino un Principio de razón: la idea de un
"todo" exige que éste no se halle dividido infinitamente en sí mismo (no
sería entonces un "todo", sino un agregado externo de partes-"todos", que
a su vez sufrirían la misma suerte) . O lo que es lo mismo (aplicando tácita-

1 LA FUERZA DE LA RAZ0N. INVITACJÚN A LA LE011RADE LA "CfÚTfCA DE LA RAZON PURA"DEKANT 1 39
mente el Principio de los juicios sintéticos, que permite pasar de las condi­
ciones de la experiencia a las de los objetos) : "nunca hay que considerar el
regreso empírico como absolutamente completo" (B 5 5 5 1 A 527). Entre
pensar un "todo" sin partes (caso del "monadista") e imaginar "partes" que,
por sí solas, nunca podrían configurar un "todo" (para esa configuración
habría que admitir el azar, y por ende la ausencia de ley: caso del "epicúreo")
sólo cabe, pues -o al menos, así piensa Kant- la vía crítica: pensamos todo
cuerpo 164 como unitario (como algo "real") en virtud de la categoría de
realidad. Pero de ahí no podemos saltar al predicable "simplicidad" (una
realidad sin negación) , ya que ese pensamiento sólo alcanza validez objetiva
-o sea: sólo se convierte en conocimiento- cuando es esquematizado en el
tiempo (aunque aquí, lamentablemente, no trata Kant de él 165 ) y sinteti­
zado en el espacio como un quantum discretum (o sea: como una cantidad
determinada -o determinable- por un número) , anticipando su cualidad
perceptible como quantum continuum (o sea: como un "llenado" intensivo,
que afecta a la conciencia) . Podemos salir de la aporía demostrando que
Tesis y Antítesis son falsas. La una se atiene (sin saberlo, claro) al Principio
de las anticipaciones de la percepción, que prima la continuidad, y lo liga
a una sustancia separada (y única, para sí) en virtud de la exigencia lógica
de pensar un sujeto último de inhesión (o sea: apoya inconsideradamente
la Tesis de la Segunda Antinomia en el paralogismo de la sustancia simple
"alma") . La otra, la Antítesis, se atiene unilateralmente al Principio de los
axiomas de la intuición, confundiendo a ésta última (que es siempre repre­
sentación de un objeto) con la forma de la intuición (que es siempre diver­
sidad pura) . De modo que, para salir del laberinto de lo continuo y lo dis­
creto, sólo la vía crítica queda abierta166 •

164 ¿También pues el mundo entero como un "cuerpo"? En esta Antinomia, el problema del
mundo parece haber sido preterido, en favor del análisis del estatuto de los cuerpos del mundo.
Para el mundo como un todo internamente organizado (o sea: como un animal), Kant tendrá
que recurrir al juicio reflexionante de la Teleología, en KU. El regreso en las series en el mundo
no es un regreso en la serie del mundo.
1 65 A veces se tiene la impresión, en estos pasajes, de que para Kant las sustancias externas están
sólo en el espacio; el tiempo sería "insuflado" por el sujeto al medir las relaciones espaciales (es
el difícil concepto de "movimiento trascendental" de B 1 55 , n.) . Este subjetivismo es
improcedente, y va contra los presupuestos de la Estética.
166 Abierta, a costa de dejar sin explicación última la razón (no meramente el hecho) del
quiasmo en que se basa la posibilidad de que percibamos como uno lo que podemos medir
como diverso, a saber: cómo es que la forma de la intuición es al mismo tiempo ella misma una

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