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prólogo de U 3 P b o f l i l l s

traducción de ¡guel m artínez-lage

Page 2

El ABC de la lectura
Ezra P o u n d

Prólogo de Juan Bonilla
Traducción de Miguel Martínez-Lage

Colección Artepoética

EDICIONES Y TALLERES DE ESCRITURA CREATIVA FUENTETAJA

Page 60

120 f.ZIÍA POUND

multiplicación de los libros por medio de la imprenta; hay
partes que podría haber reescrito si hubiera pensado que tal
esfuerzo valía la pena. No se sirve a ninguna buena causa al
extasiarse ante las formas arcaicas del lenguaje.

Tal vez podría intentarse una división a grandes rasgos.

1 Poemas que mantienen con magnificencia la tradi­
ción provenzal.

2 Poemas emparentados con los de sus contemporá­
neos franceses.

3 Pasajes que muestran la especial riqueza de Chaucer,
o su humanidad.

4 Pasajes de rango inferior, en los que no se ha tom a­
do más molestia que la de hacer una tosca traducción o ha
dejado listas sin eficacia, o bien ha tratado con prisa asuntos
de menor interés.

Los aprendices de escritor podrán leerlo con toda tran­
quilidad, al menos en la medida en que nadie podría im itar
ahora la manera de Chaucer o los detalles de su lenguaje. En
cambio, durante muchas décadas han asomado en la poste­
rior literatura inglesa y norteamericana abundantes ejemplos
de gente que se viste con los viejos ropajes isabelinos.

El escritor moderno, si ha de aprender algo de Chaucer,
aprenderá solamente de su arte, de sus fundamentos.

La cuestión del empleo de la manera o «estilo» de otro
es harto sencilla. La buena literatura está ligada de modo
indisoluble al pensamiento del escritor; tiene la forma del
pensamiento, la forma del modo en que el hombre percibe
su propio pensar.

No hay dos hombres que piensen exactamente de la
misma forma. W yndham Lewis tal vez tenga un revesti­
miento intachable, pero no daría entera satisfacción, en

El ABC DE IA LECTURA 121

cuanto a la elegancia, puesto sobre los hombros de Joyce o
de Eliot, y así sucede en diversos grados: mientras un escri­
tor no utilice un lenguaje propio, habrá extrañas deforma­
ciones, bultos o tirantez sobre sus propios hombros.

El ingrediente particular del inglés se encuentra en
Chaucer. De ahora en adelante, el estudiante que se dispon­
ga a evaluar a los poetas y prosistas de épocas posteriores
podrá preguntarse qué tienen que no tuviera Don Geoffrey.
Se lo podrán preguntar a propósito de Shakespeare y a pro­
pósito de Fielding.

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122 E zra P ouni?

M u e s t r a

T he bactelis and th e m an I wil discruive
Fra Troyis boundis first th a t fugitive
By fate to Ita lie com e, and coist Lauyne
O u er land and se cach it1 w ith m eikill pyne
Be forcé o f goddis aboue, fra euery stede2
O f cruel Ju n o throw auld rem em brit feid3
G rete payne in hárteles sufferit he also
O r4 he is goddis brocht in Latió
A nd belt the ciete, fra quham o f nobil fame
T he Latyne peopil taken has thare ñame,
And eike the fatheris princis of Alba
Com e, and the walleris o f grete Rom e alsua,
O Thow, my muse, declare the causis quhay,5
Q yhat m aiesty offendit; schaw quham by,
O r zit quharefor, of goddis the drery6 Quene.
So feil7 dangeris, sic trawell maid sustene
A ne w orthy man fulfillit of pietie:
Is thare sic g re ifK in heuinlie myndes on hie?

[Comienzo de la Eneida]

1474 a 1521 o 1 522.
Gavin Douglas emprendió una tarea especial, con la cabe­

za repleta de métrica latina (cuantitativa) y logró ana versifica­
ción más robusta de la que se puede encontrar en Chaucer. No
es de justicia comparar estos pasajes en concreto con los frag­
mentos virgilianos de Chaucer tal como si Chaucer no hubiese
hecho ninguna otra cosa. No obstante, la textura de los versos
de Gavin es más fuerte, tiene mayor elasticidad que Chaucer.

' chased - stedad - place fcud, hatred '' Ere 5 sustituye aw ® Originalmente, en
sajón significa bloody. 7many 8 indignation, offence

El, A B C DE LA LECTU RA 123

M u e s t r a G a v in D o u g l a s , 1 4 7 4 - 1 5 2 2

W ith w appinnis like the Virgins of spartha

For Venus efter the gys and m aner thare
Ane active blow, apoun her schulder bare
As sche had bene ane wilde huntereis
W ith wind waffling h ir haris lowsit o f trace

A nd on this wise w ith hart burning as fyre
M using alone full o f malice and yre
To Eolus cuntre that wyndy regioun
Ane brudy1 land of furious stormy soun
This goddes w ent quhare Eolus the K ing
In gousty cauis2 the windis loud quhisling
And braithlie tempestis by his power refranys
In bandis hard, schet in presoun constrenys.

{Eneida, Libro I]

La traducción se llevó a cabo durante los dieciocho meses
que van desde enero de 1512 al 22 de julio de 1513, con dos
meses de reposo; el trabajo se desarrolló a mayor velocidad
cuanto más cerca estaba de terminar, pues el Libro VII fue
comenzado en diciembre de 1512.

Impreso «en Londres» en 1533-

1 fertile 2 la u representa la v

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2 4 0 E z r a P o u n d

Esas nomenclaturas fueron probablemente la invención
de personas que jamás habían ESCUCHADO versos, y que
probablemente jamás habrían sido capaces de distinguir el
movimiento de Dante del ritmo de Milton, ni siquiera en el
supuesto de que alguien se los hubiera leído en voz alta.

Creo que el verso libre, también llamado verso blanco
de Shakespeare, oscila entre diez y diecisiete sílabas, pero no
tengo la menor intención de volver a contabilizarlos, ni
menos aún de confeccionar un censo detallado.

N inguna de estas pejigueras profesorales tiene nada que
ver con la cuestión.

Homero no empezó por pensar cuál de las sesenta y
cuatro fórmulas perm itidas iba a utilizar en su siguiente
verso.

LA ESTROFA

La razón de que exista la forma estrófica ya se ha expli­
cado. La melodía medieval, obviamente, exigía la existencia
de un número de sílabas aproximadamente similar en cada
estrofa. Como la duración de las notas no se encontraba pre­
cisada de manera estricta, la propia melodía estaba segura­
mente sujeta a cierta variación dentro de unos límites. Estos
límites eran en cada caso establecidos por la precisión audi­
tiva del propio trovador.

Dicho al modo de Flaubert: «Pige moi le type!». Encuén­
trenme al tipo que sepa manejar sesenta y cuatro matrices
rítmicas generales y que, no teniendo nada que decir o, de
forma más concreta, nada afín o emparentado con el apremio
que originalmente creó esas matrices, se dedique eterna­
mente a trovar... caso de que pueda mantener despierto al
lector.

El. ABC DE LA LECTURA 2 41

Del mismo modo que en el caso del profesor W ubb, o
como se llame, los ignorantes de una generación emprendie­
ron la tarea de redactar las leyes, y los crédulos de la siguien­
te generación trataron de obecederlas.

III
El populacho amaba al hombre que dijo: «Busca dentro

de tu corazón y ponte a escribir». Y dio su visto bueno a Uc
St. Circ, o como se llamara aquél que dejó dicho esto: «Hizo
canciones porque tuvo la voluntad de hacerlas, y no porque
a ello le llevara el amor. Y nadie prestó gran atención, ni a él
ni a sus poemas».

Todo esto se encuentra infinitamente alejado de la
superstición de que la poesía no es un arte, o de que la poe­
sía no es un arte DOTADO DE LEYES PROPIAS.

Sin embargo, al igual que las leyes de cualquier arte, no
son leyes que estén escritas ni que sea preciso aprender por
decreto. «La sculpture n’est pas pour les jeunes hommes», dijo
Brancusi. Hokusai y Chaucer han dado testimonios seme­
jantes.

Los tratados pretenciosos que dan recetas métricas son
tan idiotas como lo sería un libro en el que se nos informase
de las medidas necesarias para hacer una obra maestra al esti­
lo de Botticelli.

La proporción, las leyes de la proporción. Piero della
Francesca, que reflexionó más sobre la cuestión, sabía más
que otros pintores que no se tomaron la molestia.

«La section d ’or»1 sin duda sirvió de ayuda a los maes­
tros arquitectos. Ahora bien, se aprende a pintar con el ojo,
no con los conocimientos de álgebra. La prosodia y la melo­
día se alcanzan y se aprenden con un oído atento, no con un

1 El número aúreo, la tradición de las proporciones arquitectónicas. (N. del T.)

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2 4 2 E z r a P o u n d

índice de nomenclaturas, ni con el conocimiento de que tales
y cuales elementos forman un pie que encima se llama
espondeo. Dad a vuestro dibujante sesenta y cuatro planti­
llas que recojan «las curvas más habituales en Botticelli»:
¿será capaz de hacernos una obra maestra?

Jamás llegaremos a recuperar el arte de escribir poesía
para ser cantada, jamás, a no ser que empecemos a prestar
atención a la secuencia, o a la escala, de las vocales que con­
tiene el verso, y de las vocales que rematan el grupo de ver­
sos que conforma una serie.

Este libro se terminó de imprimir
el día tres de febrero del año dos m il

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