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MUERTE DE CRISTO Y TEOLOGIA DE LA CRUZ

LUCAS F. MATEO-SECO

En forma solemne, subrayando con intención que transmite lo
que él mismo ha recibido como depósito, San Pablo expone a los
fieles de Corinto lo que es primordial en el Evangelio: «Pues a la
verdad os he transmitido, en primer lugar, lo que yo mismo he re-
cibido: Que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escritu-
ras; que fue sepultado, que resucitó al tercer día, según las Escritu-
ras, y que se apareció a Cefas, luego a los doce» (1 Cor 15, 3-5).

A través de los siglos la Iglesia no cesa de repetir esta misma
profesión de fe, proclamando la muerte del Señor como realidad his-
tórica indudable y como verdad soteriológica gozosa: « ... por noso-
tros los hombres y por nuestra salvación ( ... ) padeció bajo el poder
de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado; y resucitó al
tercer día según las Escrituras» 1. La muerte de Cristo en la cruz y
su resurrección constituyen el contenido mismo de la vida de la Igle-
sia 2, que, como Pablo, evangeliza «no con sabia dialéctica, para que
no se desvirtúe la cruz de Cristo; porque la doctrina de la cruz de
Cristo es necedad para los que se pierden, pero es poder de Dios
para los que se salvan» (1 Cor 1, 17-18).

1. Símbolo Nicenoconstantinopolitano.
2. «La Iglesia no cesa jamás de revivir su muerte en cruz y su resurrección,

que constituyen el contenido de la vida cotidiana de la Iglesia. En, efecto, por man-
dato del mismo Cristo, su Maestro, la Iglesia celebra incesantemente la Eucaristía,
encontrando en ella la fuente de la vida y de la santidad, el signo eficaz de la gracia
y de la reconciliación con Dios, la prenda de la vida eterna. La Iglesia vive su mis-
terio, lo alcanza sin cansarse nunca y busca continuamente los caminos para acercar
este misterio de su Maestro y Señor al género humano: a los pueblos, a las naciones,
a las generaciones que se van sucediendo, a todo hombre en particular, como si repi-
tiese siempre a ejemplo del Apóstol: que nunca entre vosotros me precié de saber
cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado (1 Cor 2,2). La Iglesia permanece
en la esfera del misterio de la Redención que ha llegado a ser precisamente el prin-
cipio fundamental de su vida y de su misión» (JUAN PABLO n, Ene. Redemptor ho-
minis, n. 7).

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En esta inmensa y multisecular corriente vital de fe y de amor,
pretenden insertarse estas palabras sobre la muerte del Señor con el
íntimo deseo de «no desvirtuar la cruz de Cristo», de no oscurecer
la palabra de la cruz; en espíritu de adoración ante el misterio de
la voluntad de Dios (cfr. Ef 1, 9), que por Cristo «reconcilió todas
las cosas en El, padficando con la sangre de su cruz así las cosas
de la tierra como las del cielo» (Col 1, 20).

La exposición está dividida en tres partes. La primera, dedicada
a la muerte de Cristo en cuanto tal, al hecho que confesamos en el
Credo: murió según las Escrituras (cfr. ICor 15, 3). La segunda,
al misterio redentor, es decir, a lo que la Doctrina de la Fe enseña
cuando dice que Cristo murió por nuestros pecados según las Escri-
turas (Ibid). Finalmente, la tercera parte está dedicada a algunas ano-
taciones sobre la «teología de la cruz».

Contemplamos este misterio como lo contemplaron los Apósto-
les tras la resurrección del Señor. Ellos, en efecto, predicaron incan-
sablemente la muerte del resucitado. A la luz de la resurrección y
de Pentecostés narraron fielmente y, sin duda con mayor profundi-
dad que con la que pudieron entrever el primer Viernes santo, la
muerte de Jesús.

•• 1. LA MUERTE DE CRISTO EN LA CRUZ

Las profesiones de fe y las narraciones del Nuevo Testamento
nos llevan, en primer lugar, a la cruz como acontecimiento histórico:
Fue crucificado bajo Poncio Pilato 3. Considerar ese acontecimiento
desde nuestra ladera, sabedores que el Crucificado ha resucitado, no
debe suavizar ese tremendo acontecimiento, sino subrayar la grave-
dad de esa hora: el que muere con muerte verdadera es el Hijo de
Dios.

Muerte verdadera. Muerto en suplicio de esclavos y asesinos,
vendido por un discípulo, negado por otro, abandonado por casi
todos. Oprobio de la cruz (cfr. Hebr 12,2), con el que se intenta
sepultar a Cristo para siempre; arrancarle de la memoria de los

3. «C'est pourquoi -comenta Lehmann- l'adjonction: Sauffert sous Pance Pi-
late, que introduit un accent tranchant dan s le Credo, est indispensable. Elle marque
de inéluctable l'apparition concrete de Dieu dans la cruauté de l'histoire et
le sérieux infini de sa compassion envers toute créature» (K. LEHMANN, Sauffert saus
Panee Pilate, en VV. AA. Je erais, París 1978, p. 56).

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vida terrena muestra su amor al Padre santificando todas las circuns-
tancias que rodean su caminar por la tierra. Y, al hacerlo, por la
perfección de sus obras y por su infinito amor y obediencia, merece
con verdadero mérito 88.

Pero la encarnación implica no sólo que Cristo es verdadero hom-
bre, sino que toma sobre sí el peso de la historia. Cada hombre 10
hace al nacer: se nace en una época determinada, se toma una carne
concreta, se está unido por lazos misteriosos con los antepasados,
con el propio pueblo, con todos los hombres. Esto es evidente a
una primera mirada; la solidaridad entre los hombres adquiere ni-
veles más profundos cuando se mira desde la teología, teniendo en
cuenta la transmisión del pecado original 89. Al unirse misteriosamen-
te a todo hombre, Aquel que no conoció el pecado fue hecho peca-
do (II Coro 5,21). Tomó sobre sí amorosamente nuestra historia has-
ta tal punto que, sin haber pecado, el pecado le era propio: nuestros
pecados eran verdaderamente pecados del Cordero santo e inma-
culado, en atención a nuestra unión con él, y su satisfacción nues-
tra satisfacción.

Al hablar de la Pasión del Señor como causa de nuestra salva-
ción, Tomás de Aquino se plantea la siguiente objeción: el satisfa-
cer pertenece a la misma persona que ha pecado. Y contesta: «Hay que
decir que la cabeza y los miembros forman como una persona mística,
quasi una persona mystica, y, por tanto, la satisfacción de Cristo per-
tenece a todos fieles como a sus miembros» 90. En este sentido y
en razón de esta unidad de la Cabeza con los miembros, el Señor,
«que jamás cometió pecado» (cfr. 1 Pedro 2,22) tuvo como propios
nuestros pecados y satisfizo por ellos.

Volvamos los ojos al Corazón de Cristo, donde Dios reconcilia
a\ mumlo consigo mismo \ Co\. 1 ,2C),). Hombte vetua<leto, amanuo
al Padre con caridad infinita, Cabeza del género humano, sintiendo
como propios todos los pecados de quienes son sus miembros, arde
en deseos de reparar, de satisfacer, de borrar con su obediencia nues-
tra desobediencia, de satisfacer con su amor 10 que el desamor de
sus miembros ha negado a Dios. Así, el amor y la adoración de Cris-
to al Padre se expresan en satisfacción, reparación y sacrificio.

Toma sobre sí amorosamente el Señor las consecuencias que, en
medio de una generación perversa y adúltera (cfr. Mt. 12,39), siguen

88. Cfr. Sumo Theol.) I1I, q. 19, aa. 3 y 4.
89. Cfr. F. PRAT, o.C., t. n, pp. 200-209.
90. Sumo Theol.) III, q. 48, a. 2, ad 1.

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a la predicación clara y sin componendas del Reino de Dios. Pade-
cerá hasta el extremo la persecución propter justitiam; y en su fide-
lidad de testigo del Padre consumará su vida en sacrificio. «A Cristo
-escribe Tomás de Aquino- se le dio gracia no sólo en cuanto
persona singular, sino en cuanto es cabeza de la Iglesia, para que de
El redundase a los miembros. Por esta razón las obras de Cristo son
en lo que respecta a El y a sus miembros como las obras de otro
hombre --constituido en gracia- con respecto a sí mismo. Ahora
bien, es claro que quien en estado de gracia padece por la justicia,
merece para sí mismo la salvación, según aquello de Mt. 5,10: Bien-
aventurados los que padecen persecución por la justicia. Por lo tanto,
Cristo no sólo mereció para sí la salvación, sino para todos sus miem-
bros» 91.

La iniciativa salvadora es divina. Ha sido Dios mismo quien ha
elegido el modo en que se llevará a cabo la salvación del hombre.
El Verbo se ha encarnado para que esta liberación fuese verdadera
redención. Conviene precisar el diverso significado que, en el len-
guaje usual, entrañan estos dos términos: liberación y redención.
Liberación designa la acción de quitar las ataduras, de desatar las
esclavitudes. Así, p.e., es usual decir que un ejército ha liberado una
ciudad del poder de los enemigos. El término redención implica un
matiz distinto: se rescata por medio de algo oneroso 92.

La teología habla de la liberación de la esclavitud del pecado,
del demonio y de la muerte como efectos de la muerte y resurrec-
ción del Señor, quien «muriendo destruyó nuestra muerte y resuci-
tando restauró la vida» 93. Sin embargo, la venida del Señor en carne
pasible muestra ya que, siendo su fin la salvación de los hombres,
no va a llevar a cabo una mera liberación del género humano, sino
una auténtica redención, comprando a los hombres con el precio de
su sangre (cfr. 1 Coro 6,20 y 1 Pedro 1,18). Nada tiene de extraño
que, cuando sólo se mira el efecto de la obra de Cristo -la libe-
ración-y se prescinde de considerar el modo en que esta liberación
ha sido conquistada por el Señor, se esfume el sentido de la cruz.

91. Ibid., q. 48, a. 1, in c.
92. Como hace notar el joven Santo Tomás, « ... liberatio et redemptio differunt:

quia redemptio fit justo pretio soluto, sed liberatio quocumque modo. Dicitur ergo
quod non potuit genus humanum aliter redimi nisi per incarnationem et passionem
alicujus personae divinae, quia non potuit aliud esse justum pretium, idest condigna

(In III Sen!., 20, 1. 3). Cualquier otra forma de salvar al hombre, «non
habuisset rationem redemptionis, sed liberationis tantum, quia liberatio non fuisset
facta per solutionem pretii» (ibid. 4).

93. Praef. Paschale.

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Al llegar a este punto, se impone señalar hacia el camino más
corto y seguro para que la mente y el corazón se dejen poseer por
el inefable misterio de nuestra Redención. Ese camino, como es bien
sabido, no es otro que la Madre del Redentor. En efecto, «Nadie ha
experimentado como la Madre del Crucificado el misterio de la cruz,
el pasmoso encuentro de la trascendental justicia divina con el amor:
el beso dado por la misericordia a la justicia (cfr. Sal. 85(84),11).
Nadie como ella, María, ha acogido de corazón este misterio: aquella
dimensión verdaderamente divina de la redención, llevada a efecto
en el Calvario mediante la muerte de su Hijo, junto con el sacrificio
de su corazón de madre, junto con su fíat definitivo» 190.

190. Ibid.

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