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Title2008 Fernandez Bulte Julio Siete Milenios de Estado y de Derecho t1 Ed Ciencias Sociales La Habana2
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Page 1

SIETE MILENIOS
de ESTADO
y de DERECHO
Julio Fernández Bulté

Page 2

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S IE T E M IL E N IO S
de E S T A D O
y de D E R E C H O

TOMO!

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se apoyan en datos irrecusables. Ciertamente, como advierte Kovaliov
en términos muy generales, es posible afirmar que la república roma­
na perece fundamentalmente por la contradicción existente “entre su
forma política, en el siglo I antes de nuestra era, y su contenido social
y de clase”.

Los órganos de gobierno de Roma han evolucionado constantemen­
te. Ya hemos repetido que una de las grandes virtudes políticas del
romano fue su capacidad de adaptación de las estructuras estatales a las
nuevas situaciones sociales, políticas y económicas. En realidad, esto es
lo que ocurre con la liquidación de la república. Cuando ya las modi­
ficaciones introducidas en el orden estatal romano no pudieron asimi­
lar la compleja vida economica y social que se desenvolvía en sus entrañas,
se paso a una forma mas consecuente con las nuevas realidades. Esto no
quiere decir, ni mucho menos, que tales medidas sean el resultado del
trabajo personal de algún estadista visionario; por el contrario, adver­
timos que el juego de las distintas fuerzas sociales que se movieron
dentro de la evolución política romana fue determinando una constan­
te adecuación de sus estructuras a las cambiantes situaciones que afron­
taba ese centro político del mundo.

Roma ya no era en el siglo I antes de nuestra era una civis-estado; sus
fronteras físicas se habían extendido a casi todo el mundo conocido de
entonces. Por demás, las fuerzas productivas, dentro del contexto de
limitación que supone siempre una sociedad esclavista, habían alcanza­
do sensibles desarrollos. Como consecuencia de todo ello, nuevas cla­
ses sociales habían venido a sustituir a las viejas y, por tanto, nuevas
contradicciones políticas ganaban el centro de la vida romana. Enton­
ces, dentro de ese desarrollo general, los órganos de la república, idó­
neos para el desempeño de la función política y administrativa dentro
de una polis-estado, se revelaban incapaces de cohesionar las nuevas
fuerzas ni propulsar ulteriores desarrollos.

En los estrechos limites de la antigua polis, con su asamblea popu­
lar de ciudadanos, con el senado que representaba los intereses de un
pequeño grupo de nobles, con los magistrados sustituidos cada año
—señala Kovaliov— ya no era posible gobernar una potencia mun­
dial con un aparato apenas adaptado a la pequeña comunidad surgida
en las márgenes del Tíber...”15 Además, el mismo Kovaliov pone co­
rrectamente de manifiesto el florecimiento de nuevas clases sociales
en lugar de las viejas: Las viejas clases, de las que la república refleja­
ba los intereses, a fines del siglo I antes de nuestra era habían desapa­
recido o se habían degradado: la nobleza campesina itálica había dejado

15 S. I. Kovaliov: H istoria de Roma, La Habana, 1975, pp. 502-503.

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casi por completo de existir; la nobleza y el orden ecuestre, como
consecuencia de las guerras civiles, o habían desaparecido físicamente
o se habían descompuesto”.16

En estas condiciones, el gobierno personal, que ya había tenido su
precursión con Escipión el Africano y exponentes acusadores en Mario,
Sila, César, Pompeyo y Marco Antonio, tuvo su consagración defini­
tiva con Octaviano. Ese gobierno personal, que abre el período del
Imperio romano, fue la forma central de expresión política de una
total reestructuración de los órganos gubernativos del Estado romano.
Esas modificaciones estuvieron dirigidas a responder a la nueva base
socioeconómica romana y no se produjeron de un momento a otro,
sino que, por el contrario, resultaron de una lenta evolución en la que
no faltaron los retrocesos. Incluso ese rasgo elemental de la nueva es­
tructura, el gobierno personal, como hemos indicado, fue precursado
por toda la evolución anterior de los dictadores citados y no faltaron
corrientes de opinión propiciadoras del cambio. El mismo Cicerón, en
su obra Ym república y más especialmente en su discurso conocido como
“Pro Marcelo”, abogaba por la centralización personal del poder y
prodigaba elogios a César.

En realidad, como indicamos al principio, no es correcto referirnos
al Imperio romano y sus instituciones políticas y fuentes formales de
su derecho, como un solo período del desenvolvimiento histórico de
Roma. Como dijimos también, se han ofrecido diversos criterios
periodizadores del desarrollo del Imperio. Nosotros nos referiremos,
dentro del Imperio romano, a dos grandes lapsos: el Alto Imperio y el
Bajo Imperio, sin pretensiones de exactitud en cuanto a esa periodiza-
ción. Nos reduciremos a la referencia a una etapa de plenitud y fragua
del Imperio, el principado, que podríamos llamar de Occidente, y que
alcanza, con mayor o menor exactitud, hasta Dioclesiano; y un perío­
do de quiebra del Imperio, ya de Oriente, que seguiremos únicamente
en este capítulo hasta la labor codificadora de Justiniano.

La organización política del Imperio en su primera etapa

En realidad, resulta sumamente difícil concretar las formas de organi­
zación política del Imperio romano en el período que tratamos. Sobre
todo cuando tenemos en cuenta que este abarca aproximadamente des­
de el año 31 antes de nuestra era hasta 284 de nuestra era y si además,
recordamos que en dicho período se produce la lenta fragua de un

16 S. I. Kovaliov: ob. cit., p. 503.

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nuevo orden político que se consumó en medio de diversas tentativas,
y en que, por otra parte, se sucedieron en el poder romano hombres
que iban desde Augusto y toda la dinastía Claudio Juliana, con sus
Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón, hasta la dinastía de los Severos,
con hombres como Septimio, Caracalla, Heliogábalo y Alejandro Se­
vero. Ese Imperio conoció desde el genio organizativo de un Augusto
y un Claudio, hasta la bestialidad y la inconsecuencia de un Nerón o
un Calígula; desde Trajano, consecuente y recto o Marco Aurelio, fi­
lósofo estoico que representara el ideal platónico del mundo goberna­
do por los filósofos, hasta individuos embrutecidos y degradados como
Cómodo y Heliogábalo, quien con razón, fue considerado el joven
más corrompido de su época.

Desde otro punto de vista, durante este período el Imperio se con­
sumó como tal físicamente, ampliando sus fronteras hasta la Bretaña y
el sur del Danubio. Más tarde, con Trajano, después de anexarse por
el oriente la Capadocia, el Ponto, Arabia y el territorio de los partos,
conoció el Imperio su mayor extensión geográfica.

Como si todo esto fuera poco, atentan contra la posibilidad de resu­
men que intentamos, los violentos contrastes que sufriera el pulso de
los hechos históricos. En este período se extiende la llamada “paz
octaviana”, bajo la cual floreció el también llamado “siglo de oro” de la
cultura romana, con el máximo desarrollo de su arte, su filosofía y,
particularmente, su ciencia jurídica; pero posteriormente se viven los
angustiosos días de crisis y anarquía de las guerras civiles del 68 al 69,
para solo citar un ejemplo.

No obstante esos contrates, trataremos de hacer abstracción de he­
chos que, aunque fundamentales para la historiografía, tienen que que­
dar aquí necesariamente omitidos para señalar, en términos de gran
generalidad, la organización política del Imperio en ese período.

Aquí de nuevo se puso en evidencia ese sentido del romano que
tanto hemos repetido, dirigido al mantenimiento obstinado de sus vie­
jas estructuras políticas. Sin duda que este hecho requiere un análisis
que no puede ser emprendido en este lugar. Sin embargo, será preciso
decir que el romano no fue nunca remiso a la evolución histórica y
política. Por el contrario, supo conducir, en constantes negaciones
prácticas, sus estructuras hacia formas superiores; pero ello no dejó de
producirse en medio de luchas. No solo luchas externas —de tenden­
cias o posiciones políticas contrapuestas—, sino también de luchas in­
ternas, contra su propio contenido espiritual. No es posible olvidar la
genial afirmación de Marc Bloch, que aunque se refiere a la Alta Edad
Media, tiene validez para este caso: esos pueblos fundían el ayer con el
presente y les era difícil romper la continuidad espiritual. Los planos
históricos se les superponían en los niveles de su comprensión de la vida

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social y política. No obstante esas trabas, quizás el gran mérito romano
consiste, como ya lo indicamos, en poder saltar sobre ellas. Solo que el
salto no se efectuó sin limitaciones. El romano construyó un nuevo or­
den político, pero lo mantuvo bajo los ropajes del orden tradicional.

En realidad Augusto no varió las viejas magistraturas de la repúbli­
ca, ni se invistió él mismo de un poder con una estructura formal nue­
va. Sus poderes venían de su condición de triunviro. Cuando, aun
después de la prórroga que supuso el acuerdo de Tarento, los poderes
triunvirales de Octaviano se manifestaban flagrantemente arbitrarios,
comenzó el largo proceso de la legalización republican a las de faculta­
des del jefe del gobierno romano.

Desde el 36, Augusto había sido investido con el poder de tribuno
de por vida. Al regresar victorioso a Roma, en el 29, fue proclamado
imperator que aludía a la jefatura militar, nombre que le fue atribuido
por ley y se convirtió en un praenomen. Al año siguiente, en el 28, es
elegido cónsul, conjuntamente con Agripa y, asimismo, fue investido
con los poderes censoriales, al amparo de los cuales efectuó el censo en
Roma y, haciendo uso pródigo de la nota censoria, redujo el senado a
800 miembros, de 1 000 a que había llegado.17 Todavía más, el 13 de
enero del 27 Octaviano, como señala Kovaliov, “realizo el ultimo acto’ :
renunció a los poderes de triunviro y anunció la restauración de la
república, por razón de lo cual recibió el sobrenombre de Augusto.
Por último, se reservó la facultad de hablar el primero en el senado y
de proponer igualmente con prioridad las nuevas normativas jurídicas,
por lo cual fue denominado princeps (el primero) nombre que, por
demás, ya era usado desde Cicerón.

Con independencia de que el 1ro de julio del 23 Augusto renunciara
a su cargo de cónsul, que había mantenido ininterrumpidamente desde
el 31, sostenía su gobierno personal sobre la base del tribunado y, fun­
damentalmente, en un orden práctico, por haber sido investido con el
imperium maius, es decir, un imperio militar mayor, que se extendía
sobre los demás jefes aforados, especialmente sobre los procónsules de
las provincias senatoriales.

Kovaliov sintetiza correctamente el alcance de los poderes de
Octaviano cuando afirma; “¿Cuáles eran los derechos formales que le

17 N o ha de creerse erradamente que esa “depuración” a que Octaviano sometio al
senado significaba contradicciones entre el príncipe y el viejo cuerpo consultivo. Por
el contrario, Octaviano, de profunda raigambre aristocrática y lleno de reaccionaris-
mo, aspiró en gran medida al reforzamiento de los ortodoxos valores políticos de
Roma y, entre ellos, a los del senado. Con su depuración pretendió fortalecerlo, pues
esta tenía como objetivo limpiar del cuerpo senatorial a los amigos de Sila y Cesar, que
habían quebrado un tanto la tradicional constitución del senado, como órgano expre­
sivo y contentivo de la rancia aristocracia terrateniente.

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IMPRENTA
ALEJO CARPENTIER

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S IE T E M IL E N IO S
de E S T A D O
y de D E R E C H O

Una prim era ojeada al vuelo de este título
de Fernández Bulté, abarcador de siete
milenios, ya nos anticipa el gigantesco y
paciente trabajo investigativo y de hábil
ordenamiento que ha significado recons­
truir la historia de las instituciones y
estructuras políticas, desde las civiliza­
ciones antiguas —no sin tocar antes las
comunidades prim itivas y el origen del
Estado — hasta los primeros años del ad­
venimiento de la llamada modernidad.
Ha sido tratar —entre otros temas sóli­
damente docum entados— el derecho y
las bases jurídicas en Grecia y Roma, el
origen y la evolución del Estado y del
derecho islámicos, las singularidades de
los germanos y el derecho canónico y
estatuario medieval.

En esta obra colosal —en dos volúm e­
n es—, sin precedentes en Cuba y Lati­
noamérica, el autor lega una visión
completa de la historia política y jurídi­
ca, que hace posible seguir hasta su
origen n u estra in stitu c io n a liz a c ió n
política y nuestro derecho.

CIENCIAS SOCIALES

Ife

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